lunes, diciembre 11, 2017

“Un lenguaje que actúe como un mapa...”. Entrevista a Carlos Cociña, de Nicolás Folch Maass




 
Comencemos recordando a tu círculo más cercano. ¿Con quiénes te veías tú?
En los años setenta me veía mucho con Mario Milanca y Nicolás Miquea. Habíamos fundado unas revistas que se llamaban Fuego Negro y posteriormente la revista Envés. Después viene una que se llamaba Punto Próximo y otra más, Posdata. Ya con Punto Próximo, aparece gente más joven de la Universidad de Concepción, como Tomás Harris, Roberto Henríquez, Alexis Figueroa y Carlos Decap. Eran ellos los que hacían estas dos últimas revistas, en la que a veces colaboraba. El director del Instituto Chileno-Británico de Concepción, Jeremy Jacobson, empezó a generar encuentros. En uno de esos lleva a Lihn y tenemos una comida... ¡Qué honorable! ¡Una comida en medio de la biblioteca del instituto! Lihn estaba muy exultante en ese momento; exultante en el sentido de un detonante cultural. Él hablaba, se reía un poco de la situación de los poetas llorones y cosas así, hablaba sobre la necesidad que teníamos de conocer autores, decía que Chile no era el centro del mundo y que en cierta manera lo que había que hacer era cavar un hoyo hasta China. Sin Internet ni nada, lo que él estaba diciendo es que había que conectarse, conocer a otra gente, otras tradiciones, conocer otras escrituras. Ya estaba preocupado de lo oral como un elemento necesario para el desarrollo de la literatura. Lihn era un tremendo animador en el sentido profundo de provocar, en otros o en el auditorio, provocar la explosión intelectual. Otra de las veces en que lo encontré, Lihn estaba en una mesa de escritores y él dice algo como que los tiempos difíciles son los mejores para la escritura ¡Casi se lo comieron!

¿Y quiénes estaban ahí de los que no simpatizaron con su provocación?
¡Todo el PC! Pero había mucha gente más por supuesto. Mira, pasaba cotidianamente este tipo de reacciones: Si en esa época tú te encontrabas con un amigo y él te preguntaba “¿cómo estás?” y tú respondías “bien”, ¡te transformabas casi automáticamente en un adepto al régimen! Era complicado.

O sea que había una policía del pensamiento de ambos lados...
¡Sin ninguna duda! Y Lihn entra desde una apertura del reconocimiento de tradiciones y del rompimiento de las tradiciones, de ir más allá de los íconos. Lihn era un monstruo, en un grado intocable.

¿Cuándo trabajaste con Parra en el título de tu libro Aguas servidas y la cercanía con él que eso suponía, no te atrajo enemistades?
Sí.

¿Había muchos grupos en el círculo literario? 
Sí, muchos.

¿Y eran enemistades políticas o literarias?
Era más politizado. Claro que todos éramos animales literarios, y para usar el lenguaje de la época había un enemigo común que hacía que esas enemistades pasaran a segundo plano. Había otra posición, otra poesía que circulaba, yo diría que hasta el año ’85, y que era por vías más clandestinas. Y la posición, por lo menos la mía, era que la poesía no tenía que estar en la clandestinidad. En la clandestinidad funcionaban otras cosas para mí. La escritura era una forma de estar y mi objetivo no era la resistencia pero sí constituir registros. Yo no quería la opción de estar escondido.

¿Y no había una mirada peyorativa a quienes optaban por publicar en la clandestinidad?
No, eran simplemente dos visiones. Recuerdo haber ido a la población La Victoria o a La Legua y haber leído, en una sala vidriada, poemas que estaban pegados a los vidrios con contenido político muy fuerte. Esos poemas estaban pegados ahí, escritos a mano o a máquina, y donde estaba montado eso, donde estaban pegados los poemas eran carátulas de discos de vinilo de música de rock pesado. Para mí eso es absolutamente significativo, porque no era Víctor Jara o grupos más relacionados con la contestación y el canto popular.

Aguas servidas reúne poemas que según la prensa tú escribiste entre el año 73 y el 80. ¿Esos poemas responden a una intención de unidad provocada?
Es que nunca he escrito poemas. Si hay que dar un nombre, yo he escrito libros. Mis libros responden a una intención, a una propuesta o a su búsqueda.

Floridor Pérez escribió una crítica a Aguas servidas en que precisamente dice que las fechas de tus textos no son casuales, porque te preocupa encontrar un lenguaje capaz de saltar la censura.
Exactamente. Pero más que la censura, me preocupaba el hecho de que el lenguaje que teníamos, que ya se había usado, no podía dar cuenta de lo que estaba pasando.

O sea que la censura no era tu preocupación...
No. Lo que pensaba era que tenía que dar con un lenguaje apropiado, porque si yo ponía la palabra “dolor”, no tendría ningún significado por ser un cliché. Esa palabra funciona en una manifestación de masas; pero no funciona cuando tú te instalas frente al horror. Hay ahí un lenguaje que queda eliminado. En principio estoy dando cuenta de lo mismo, pero desde la posibilidad de hablar con palabras que generen la sensación que producen ciertas situaciones. Un lenguaje que actúe como un mapa. Pero no es la realidad, tomada como materia. En una parte lo digo por ahí: “Sin palabras, la realidad existe”. Ahora sí, surge una censura. Hay un momento en que todo escrito tiene que pasar por la censura. Diarios, documentos, todo. Nunca se logró controlar todo, pero ese era el decreto. Saco mi libro en noviembre de 1981 y voy a una distribuidora que es alternativa y ahí me dicen que para que circule mi libro tiene que tener una autorización. Lo llevé a Santiago y averigüé que tenía que llevarlo al Ministerio del Interior. Y fui con mi libro, a dejarlo. ¡Fui con una inconsciencia bastante grande de lo que significaba eso! La cosa es que pregunté y me dijeron que llamara en una semana más. Me dijeron que llamara el jueves y lo hice así todo los jueves porque comenzaron a tramitarme. Me empezaron a pasar de una oficina a otra e incluso, alguna vez, llegué a hablar por teléfono con la secretaria del ministro del Interior. Al cabo de seis o siete meses, me dijeron que el libro estaba aprobado. Tuve que ir a ese edificio y ahí iba con miedo, porque tenía que entrar donde estaba Pinochet, Merino y todos esos. ¡Era bastante más grave que entrar a una comisaría! La inseguridad era absoluta en ese minuto. Uno estaba absolutamente a merced del aparato represivo del Estado.

¿Tú escuchaste hablar de algún escritor a quien le haya pasado esto de irse preso por la censura?
No, con respecto a la censura no. Pero la cosa es que en ese edificio subí a un ascensor lleno de milicos con armas y en un séptimo piso, creo, un funcionario de civil me dice “tome, aquí tiene su libro aprobado. Ahí tiene su autorización en papel”, que todavía tengo guardado.

¿Y el hecho de contar con esa autorización no significaba para otros escritores que tu poesía era en realidad liviana, descomprometida con la historia o cosas por el estilo?
No, no. Puede haber significado algo, quizás… algo significaría. No, en mi caso no se sentía al menos esa mirada. Cuando no era autorizado, no se podía hacer nada, salvo si eras un Lafourcade, por ejemplo, que cuando le prohibieron su libro El gran Taimado, se podía hacer un escándalo. Pero si a mí me hubiesen prohibido Aguas Servidas, hubiese tenido que quedarme callado.

¿Pero en qué sentido son actos de provocación los libros autorizados?
En esa época, si tú andabas con la revista Hoy bajo el brazo eras provocador. Entonces eso me reafirmaba la creencia de que había que aparecer. Después, el año 74, una de las grandes discusiones que tuvimos con Mario y con Nicolás Miquea era en torno a la pregunta: “¿Es posible escribir y publicar poesía con todo lo que estaba pasando?”.

¿O sea que se estaban preguntando si no era un acto de inconsciencia el escribir poesía en ese entonces?
No, la pregunta era en el sentido de cómo hacer literatura frente al horror.

¿Y cuáles fueron las respuestas que se dieron?
La respuesta principal era que había que formar parte de un ser colectivo, de un ser social.
Era bastante colectivo el espíritu o el tenor de las ideas que en ese tiempo se expresaban. Lo que era bastante notable, porque el 74, 75 y 76 se produce un partimiento de la sociedad impuesto. Todos eran entes aislados. Sin embargo, circula por otros medios, no necesariamente clandestinos, pero no oficiales, un mismo sentimiento. Cuando sale la revista Manuscritos, el año 75, fue un golpe tremendo desde la Universidad de Chile. Ahí sale lo que estaba haciendo Ronald Kay, Huneeus, el trabajo de Zurita, Guzmán, Jorge, Lihn y Parra. Cuando esa revista llegó a Concepción, comenzamos a leer y ahí nos dimos cuenta de que había otros que están haciendo lo mismo que lo que estamos haciendo. O sea, en una sociedad con compartimientos individuales, los vínculos tienden a crearse precisamente porque tú estás mucho más atento a lo que está pasando al lado.

¿Pero cómo explicas tú eso de que sin saber lo que se está haciendo en otros lados, se genere más o menos lo mismo?
Primero: creo que el corte que se produce es tan brutal –los vínculos establecidos o el tramado de la sociedad desaparece– que uno se pone mucho más atento a mirar lo que está pasando. Segundo: tú estás mucho más consciente del material con el que estás trabajando. Yo no estoy trabajando con Arte, no estoy trabajando con Sociología, no; estoy trabajando con lenguaje. Lo mismo pasa con las artes visuales de la época. Cuando los vínculos sociales se rompen, te haces mucho más consciente, para generar vínculos, del soporte que estás usando para manifestarte. Piensa tú, por ejemplo, que Kay se va a la fotografía de los selknam. ¿Por qué se va ahí? Porque está buscando cuál es el soporte para transmitir sus imágenes y lo encuentra, por ejemplo, en los pueblos aborígenes u originales. Él es uno de los primeros en hacer esto. Ahí él hace algo que antes solo estaba planteado desde la etnografía. Zurita hace lo propio y Lihn se va más a lo oral ¿Por qué?, lo mismo. Lo que se está buscando es “¿Cuál es la marca? ¿Con qué trabajo? ¿Cómo respondo?”. Porque el lenguaje ya sabido deja de responder a lo que está pasando, o a lo que queremos decir, porque es una cosa muy colectiva. El libro de Gonzalo Muñoz se titula Exit. ¡Una palabra en inglés! En el caso de las mujeres es notable en los 80: la Elvira Hernández que escribe La Bandera de Chile. ¡La recuperación de los símbolos que habían sido coartados desde el horror! Eugenia Brito, Diamela Eltit con Lumpérica, la plaza pública de noche, el margen; pero no el margen por el margen, sino el margen de cada uno que está viviendo esa situación.

Sería interesante saber si tú viviste una decepción frente a lo que el gobierno de Allende proponía, entre otras cosas, en el ámbito de la cultura. ¿Hubo cambios perceptibles en el círculo literario durante la UP?
No hay duda de que había un aparato político que también ejercía una censura y esto era tan fuerte que uno mismo se censuraba. Ahí tienes tú el caso de la Mistral. Se la asociaba a la Democracia Cristiana. Pero esto ha sido así desde hace mucho tiempo. Piensa tú que Andrés Bello representaba a un sector político, Bilbao a otro, Lastarria, etc. Lo que pasó, es que del año 38 en adelante, el rector de la vida intelectual chilena es el Partido Comunista, con todo lo que ello significa y esto hasta el año 1973. Y todavía quedan retazos de eso. No sé si siempre lo ha sido, pero el Arte está vinculado con las esferas de poder.

En literatura a veces se observa grupos emergentes que llegan con un afán rupturista. Al menos en Chile esto se ve bastante. ¿Este afán rupturista se podría explicar porque se ha instalado una especie de tradición rupturista?
Sí, lo tengo claro. Por ejemplo, una de las críticas que a veces se hace sobre el pensamiento que se produce a principios del siglo XX, cuando aparece Darío, luego en el caso específico chileno con Huidobro, Neruda, De Rokha, Humberto Díaz-Casanueva, Rosamel del Valle, es la aparición de unos egos tremendamente desmesurados. Frente a la dominación de la clase política que había emergido después de la revolución de 1891, frente a la clase política que Europa tiene en ese momento, frente a todo eso que también son cánones feroces, la única posibilidad de decir algo es erigiéndote como un vate. Y esto tiene un correlato después del 73, cuando la Iglesia católica dice con mucha soberbia, sacándolo del ámbito religioso, “somos la voz de los sin voz”. En ese minuto, la única posibilidad era plantearte desde: “Yo represento a…”. Para no negociar y defender lo mío tengo que plantearme –en ese sentido se forma una elite– desde una postura de “autoridad”, más fuerte que la autoridad. Piensa en Vallejo, piensa en Whitman… viene por ahí la cosa, cuando dice: “Yo soy la voz”. Ahora nadie puede decir eso, al menos nadie lo ha hecho.

La oposición al discurso de Pinochet, que era una época de posiciones extremas, quizás un poco como lo que plantea Bourdieu, sirvió para subliminar el espíritu de rebelión social.
Para entender los 80 insisto que el origen está en torno a los 70. Mira, 1959: la revolución cubana –muchachos llevan a cabo una lucha armada por sus ideales; 1967: “El Mercurio miente”; 1968: mayo en México; en Chile está “la revolución en libertad” de Frei y la reforma agraria que sigue después con Allende. Los Beatles y Los Rolling Stones son antípodas de Fidel Castro, de Violeta Parra –no sé si tanto–, pero de algún modo se siente que pertenecen a la misma sociedad. No representan compartimientos que están desconectados de los otros, sino que representan compartimientos abiertos, compartimientos que son puras ventanas.

¿Durante la dictadura no se percibía un reflejo de la época con la historia de Chile? ¿No se asumía una parte de la violencia como, por llamarla de algún modo, parte de una herencia histórica?
Mi percepción es que esa época no es un paréntesis. No es un paréntesis, no. Es parte de mí, como es parte de la comunidad de Chile. Lo que hay ahí, a mi entender, es un reflejo de la sociedad; pero un reflejo exacerbado. Eso, me parece, no disminuye el estado de emergencia vivido. Pero a mis 22 años, eso de “Chile, país de larga tradición democrática” ya no lo creía. Por un dato simple: El año ’57, cuando se produce la huelga de las micros, recuerdo que vi en fotos las protestas que reprime Ibáñez. Eso me hace entender que la represión no ocurre a partir del 73. La historia de Chile está llena de movimientos militares. ¡Antes de que la derecha invocara a Portales, invocó a Balmaceda! ¡Lo de Ranquil, durante la República Socialista! Y aparece Pinochet como un monstruo… ¡Pero si no era, ni es, un extraterrestre!

¿Crees que el trabajo de la crítica ha mal interpretado a la poesía escrita durante la dictadura?
Yo creo que hay demasiada crítica sociológica.

Pero muy segmentada.
Pero muy segmentada. Por ejemplo, se mantienen ciertos hitos que vienen de antes, como por ejemplo esto de los grandes egos, esto de querer saber quién es el primero, quién es el más grande. Esta es una visión que se refiere al arte en general. La sociedad no es piramidal, puede ser en términos de conceptos, pero cómo se mueve no es piramidal. No, no está el más grande, esa visión de record Guiness, que si bien es cierto te puede dar una visión. La realidad es múltiple.

¿Y no crees que hay continuidad en los grupos de poder?
Hay continuidad; pero las formas sociales o la forma de vivir la vida, si bien es cierto están sometidas a eso, fluyen de distinta manera. Mi vínculo con la gente que está escribiendo en este minuto no tiene que ver con la generación, sino con puntos de interés. Todo trabajo en Arte está condicionado. Uno está condicionado por la situación histórica, social que uno vive. Sin embargo, la forma de insertarse en ese contexto es desestructuralizante. A propósito de la escritura: Cuando escribo, me pongo ciertas condicionantes, ciertos límites, porque mi única posibilidad de romper ciertos límites es tenerlos, si no es el delirio.

¿Entonces tú no estás en el delirio?
¡No, para nada! El límite como una forma de descubrir nuevas cosas, como un proceso de maravillarse, por ejemplo, ante los sonetos que rechazaba como un formalismo absoluto. Cuando leo a Góngora, por ejemplo, con sus poemas que expresan la libertad casi absoluta de la percepción sometida a los límites, es porque él logra que los límites sean la posibilidad de expandirse. Entonces los límites tienen que ver con posicionarse desde la libertad.

¿De ahí parte tu poesía?
No lo sé; me has hecho hablar nada más.

La oralidad es como un destriparse.
Pero la piel tiene que contener las tripas, si no es el delirio de la muerte.



en “Dos poetas penquistas: Carlos Cociña y Tomás Harris”;

Atenea (Concepción), Nº 506, Concepción, Chile, Diciembre 2012

Tomado de Scielo.cl, el 11 de diciembre de 2017 










domingo, diciembre 10, 2017

"El tigre", de William Blake

Traducción de Juan Carlos Villavicencio




Tigre, tigre, brillo ardiente
en los bosques de la noche,
¿qué ojo o mano inmortal
pudo forjar tu terrible simetría?

¿En qué cielos o abismos distantes
arde el fuego de tus ojos?
¿Con qué alas se atreve a elevarse?
¿Qué mano se atreverá a tomar el fuego?

¿Y qué hombro y qué arte
pudo torcer los nervios de tu corazón?
Y cuando tu corazón empezó a latir,
¿qué temible mano y qué temibles pies?

¿Qué martillo?, ¿qué cadena?
¿En qué horno estuvo tu cerebro?
¿Qué yunque?, ¿qué temibles garras
se atreven a abrazar sus terrores mortales?

Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas
y regaron el cielo con sus lágrimas:
¿sonrió al contemplar su obra?
¿Fue quien hizo el Cordero el que te hizo a ti?

Tigre, tigre, brillo ardiente
en los bosques de la noche,
¿qué ojo o mano inmortal
se atrevió a forjar tu terrible simetría?







en Songs of Experience, 1794
(de la edición de W. B. Yeats, 1905)
























sábado, diciembre 09, 2017

“Ebrio entre las flores”, de Li Shangyin




 
Vagando, en busca de fragancia,
me quedo ebrio en medio de las flores.
Duermo recostado sobre un árbol
hasta que el sol cae.
Los invitados ya se han ido
al salir de mi embriaguez.
Es ya la medianoche.
Con el candelero en la mano
contemplo las flores del jardín
que allí todavía quedan.



en Poesía clásica china, 2001










viernes, diciembre 08, 2017

"Libro", de Jaime Huenún






Sólo puedo leer tu cara, huenún jaime luis,
sietemesino feo, sólo
puedo leer tu mitad hijo,
tu mitad hueso y calavera encarnada
tu débil número negativo
hecho de cuarteada eternidad
                                          y carne.

Sólo puedo leer tu mitad
padre, hermano, aquel
que diariamente sale a conseguir
una mísera ración de estrellas, exiguo alimento
de palabras que no saben todavía ni
siquiera balbucear.

Sólo puedo leer al lado de Otro,
sólo junto a los conjuntos rotos de tu madre,
sólo solitario pero nunca solo,
mal ladrón de la blancura de las Páginas.

Sólo puedo leerte juntando las letras
al pie de un título de un poema de Tu Fu.

Sólo puedo tu raíz falsa, huenún
jaime luis, hombre
o duende porfiado o malo de la cabeza,
sólo puedo leer la mitad
del aire que te hace viejo,
la otra mitad la ganas
con el sudor de tus ojos
y aquello
no tiene explicación en mi
                                       alfabeto.












jueves, diciembre 07, 2017

“Leve”, de María Elvira Piwonka




 
     Ha caído la tarde,
melancolía leve
del alma que se empina
sin saber lo que quiere.

     Vago ensueño de amor
que en nadie se detiene,
enlazado al perfume
de una rosa de nieve.

     Silencio que a hurtadillas
va por la bruma tenue,
escarpines de calma
abandona en la fuente.

     El corazón se repliega
el ala, y se adormece
meciéndose en lo alto
de una ramita verde.

     El sueño que yo sueño,
la tarde lo comprende.



en Llamarlo amor, 1949










miércoles, diciembre 06, 2017

"Las luengas peregrinaciones, ¿hacen a los hombres discretos?". Entrevista a Pedro Lastra, de Enrique Lihn







Llega el momento en que, después de una semioculta estadía en este país, pareces estar con el pie en el estribo, listo para retomar tu trabajo en la Universidad de New York, en Stony Brook. Bueno sería que hicieras un balance de tu permanencia aquí. Empecemos por lo más obvio y lo más difícil. ¿En qué sentido dirías tú que ha cambiado el panorama cultural de Chile en los últimos años?
Semioculta estadía, dices tú, y ahora veo que fue así, tal vez porque el medio propicia estos y otros ocultamientos. No es que uno tenga interés en ocultarse; lo que pasa es que no se dan las condiciones para ser visto: ¿Dónde y para qué? Seguramente estoy contestando a tu pregunta en forma indirecta.

Sí: me parece que esa es una respuesta suficiente. Olvidemos la comunicación en el dominio privado; me consta que has recibido la visita de los pocos amigos de otro tiempo que todavía viven en Chile, y también la de quienes, a título personal, se mueven por entre las líneas fronterizas de la nueva cartografía. En Utopía la Universidad, en tanto «alma mater», recibiría a sus hijuelos peregrinos, aunque más no fuera para preguntarles cómo les ha ido por el mundo. Aquí, como si nada. ¿O es que ya no tienes conocidos en la Universidad?
Uno que otro. Por ejemplo, he visitado a menudo a uno de mis maestros, don Antonio Doddis; pero él es la única presencia que me remite a la Universidad por donde circulé como Pedro por su casa durante diecisiete años, como estudiante y luego como profesor e investigador.

¿Qué diferenciaba esos tiempos de estos?
Eran los tiempos del diálogo, y si ahora puedo hacer algo de algún interés, profesionalmente, lo debo a esos fervores y libertades que permitían y estimulaban la confrontación de todo con todo, desde el minucioso rastreo bibliográfico hasta las divergencias en la interpretación, siempre tan productivas, como se sabe. Y esto, porque es consustancial al trabajo cultural el reconocimiento del otro en su alteridad, lo que implica la aceptación activa de las diferencias. La Universidad es el lugar donde se producen ideas y no hay otra manera de producirlas si no es mediante esa dinámica que puede entenderse como la suma de los principios y de las leyes del diálogo. Mis extrañezas presentes se explican entonces porque yo vengo de aquellas lejanías, que por suerte recupero parcialmente en mi sitio actual de trabajo.

Sí, yo mismo enseñé episódicamente en U.S.A. En 1976 me desplazaba desde la isla de Balboa hasta el campus de la Universidad de California en Irvine, en un bus donde los jóvenes herederos de los discípulos de Marcuse leían a Marx. En ese país, pues, los universitarios que no insisten en desmandarse pueden pensarlo todo y se entiende que esa libertad no pone en peligro el sistema, no es un lujo ni un trabajo clandestino. Hay algo problemático, por otra parte, en el hecho de que el investigador y el creador latinoamericanos encuentren finalmente en los Estados Unidos el reconocimiento que merecen, el sueldo apropiado y los materiales necesarios para su investigación. ¿No lo piensas así?
Es problemático porque pone en evidencia la precariedad latinoamericana y porque es una situación que suele enajenar a las mismas personas que estarían en condiciones óptimas para contribuir a la superación de esa precariedad. ¿Pero cómo ignorar que esta lástima se origina y se perpetúa por una aberración del orden y el predominio de la irracionalidad? Es algo de lo que hemos hablado más de una vez, aquí y allá.

Latinoamérica produce de todo en el campo profesional, desde el maestro Chasquilla hasta el más sofisticado discípulo de Einstein, pero no puede consumir lo que produce en materia de artes y oficios, o en otros casos no quiere hacerlo. A esto se le llama «fuga de cerebros» cuando se pone el acento en el agente exterior —el imperialismo—; pero desde ese punto de vista se olvida que esta anomalía tiene también poderosos agentes internos. Dicho de otro modo: las circunstancias exteriores son ocasiones y no única y exclusivamente causas. Me gustaría ilustrar todo esto con un caso concreto: el tuyo. ¿Cómo y por qué te fuiste a los Estados Unidos? ¿Qué te hacía falta en ese momento?
Vamos por partes. Yo empezaría, eso sí, por anotar esta facilidad que ofrece el apotegma cervantino: «las luengas peregrinaciones hacen a los hombres discretos». Puede que uno alimente la esperanza, tantas veces ilusoria, de adquirir la discreción al precio de sus peregrinaciones, sobre todo cuando ellas solucionan —se diría que en forma estable— las necesidades que ellas mismas crean. Mi primer contrato en los Estados Unidos me permitía iniciar la compra de una casa como esta, lo que mis trabajos en Chile hacía inalcanzable.

Yo pago por esta casa más de un tercio de mi sueldo, y nunca podré iniciar la compra de una casa en Chile a menos que me vaya a vivir al extranjero.
Ya se ve que el intelectual latinoamericano reside en la paradoja, que empieza por la casa que no tiene y que sólo puede adquirir in absentia; pasa por las bibliotecas nacionales, que nunca están completas sino en otra parte (tú recordarás que pudiste terminar tu propio curriculum en la biblioteca de Stony Brook, que no es de las mejor provistas de los Estados Unidos); sigue en lo que se refiere a las publicaciones, congresos y diálogos, a veces muy germinativos: el sexagésimo aniversario de la impresión de dos libros importantes del poeta chileno Vicente Huidobro —y trigésimo aniversario de su muerte— fue celebrado en Chicago. La edición de los varios trabajos que se leyeron entonces también ocurrió allá, y sólo unos pocos lectores de aquí tendrán oportunidad de leer algo que les concierne harto más que a los norteamericanos. Bueno, pero como para mí lo que importa es la averiguación de lo latinoamericano parece que no tengo más remedio que estar fuera de Latinoamérica. Es lamentable que sea así, porque nadie debería abandonar su país o el espacio mayor de su cultura si éstos le ofrecieran la opción de encontrarse realmente con ellos, in situ. En ese sentido, es evidente que el tiempo pasado fue mejor: el de Andrés Bello, por ejemplo, cuyo discurso de instalación de la Universidad de Chile yo releo ahora como una pieza de ciencia ficción o de la literatura de Utopía. Del mismo modo suelo recordar el decreto llamado de «libre comercio» de 1811, que declaraba exentos de derechos «los libros, [...] las imprentas, los instrumentos y máquinas de física y matemáticas». En esa época, en la que haber nacido en otro país latinoamericano no era motivo de rechazo para los vecinos, tal vez yo me hubiera resistido a la mera idea de exilio, por muy voluntario que éste sea. Hasta los exilios del siglo XIX —los que determinaba la barbarie denunciada por Sarmiento— acaso pudieron verse como cambios de habitación en una misma casa, en la que siempre hubo algún quehacer de interés para el peregrino. Y esto se ilustra inmejorablemente con el caso del mismo Sarmiento; pero estos de ahora tienen otro signo: incluyen un borrador junto con la despedida.

A pesar de todo lo que dices, ¿hasta qué punto el exilio —voluntario en tu caso, anterior y totalmente distinto al que emprendieron otros chilenos el 73— no es un trasplante que afecte de algún modo la percepción de lo real y el sentido de una obra? Personalmente, creo que hay algo de casual en el hecho de irse o de quedarse, pero esta no decisión puede tomar en el desarrollo de una obra un carácter de finalidad, en la medida en que, por ominosa que sea —o por eso mismo— la situación se inscribe en la obra y viceversa. ¿Puede ocurrir lo mismo en un país del que no se forma parte y donde uno gira en el círculo del transtierro?
París, situación irregular, es el título de uno de tus últimos libros. Yo debería haber titulado el mío de manera parecida, cambiando lo que hay que cambiar porque mi afuera no es el afuera del tránsito. Doble irregularidad entonces, que instaura en uno la sensación paradójica de ser un sedentario-nómade. Pero yo trabajo allí en un departamento de español en el cual existe un clima de profesionalismo jerarquizado en virtud de méritos efectivos, y en el que mi jefe es nada menos que Elias Rivers, que ocupa ese sitio después de una larga y muy solvente trayectoria académica. Esta parte tan estimable de la cuestión genera sin embargo un desasosiego, cuando esa realidad es proyectada sobre el deseo, trasponiendo esas suficiencias a estas carencias.

Un desajuste de otra naturaleza surge del hecho de que yo enseño literatura hispanoamericana en un medio en el que esa materia no siempre puede ser asumida por todos mis interlocutores como cultura del reconocimiento, aunque sea para todos motivo de un buen aprendizaje erudito. Estos desasosiegos se inscriben inevitablemente en todo lo que uno hace. No sabría precisarlo con respecto a mis escritos poéticos, pero siento sus efectos en otros planos. Por ejemplo (y ahora mismo) no es ajeno a esto que mi percepción de lo que se suele llamar la realidad nacional sea cada día menos complaciente y más sensible a los deterioros de la palabra en el discurso cotidiano de mis compatriotas. Me recuerda demasiado la «neohabla» de Oceanía en 1984 de George Orwell: «La guerra es paz»; «la escasez es abundancia», etc. O la perversión de los principios en su granja famosa: «Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros».

¿Lees los periódicos; eres televidente?
El mínimum indispensable como para corroborar lo anterior. Así es como me he enterado de la flexibilidad desorbitada de ciertos conceptos y palabras, de los que se abusa sin el menor sentido del ridículo: jugadas históricas en el estadio Santa Laura; goles trascendentales; memorables inauguraciones de quioscos, etc., etc. Pero yo soy lector de libros, no de diarios; los sucesos notables son realmente muy pocos y no ocurren todos los días, ni siquiera todos los años. Creer y aceptar lo contrario, como dice Borges, es una superstición.

Como lo diría El Mercurio, mi lectura cotidiana y mi papel de envolver: «La elasticidad de las palabras tiene un límite y pretender que la sola resolución anterior no violenta el principio que se dice mantener incólume, es un rasgo de humor negro».
El Mercurio dice lo que hace. Tal vez debería leerlo; pero de ese peligro me salva el exilio.

Tú fuiste asesor literario de la Editorial Universitaria, desde 1966 hasta 1973, e hiciste publicar muy buenos libros hispanoamericanos en la colección «Letras de América». ¿Qué sabes del libro en Chile, ahora?
Sé que padece un impuesto leonino, que no existía en 1811. Nascimento continúa su antigua tradición, artesanal y solitaria; pero es una golondrina que no hace el verano del libro. En lo demás, mucha papelería oficiosa y una respuesta crítica que con escasas y esporádicas excepciones se sitúa a la misma altura. He visto una sección —sin duda redactada por irresponsables— que se llama algo así como «Mesón Literario», y que contamina con un tufillo de cocinería todo el «espacio cultural». En poco tiempo más tendremos que recurrir otra vez al silabario Matte.

Sin ser optimista, creo que el pesimismo es un texto que brota de los resquicios de las papelerías oficiosas. ¿No crees tú en esa posibilidad?
Sí, es una buena posibilidad, que empieza por ser escritura latente. Cuando se manifieste dará cuenta de la situación.

Es como si viraras un viejo traje de etiqueta, develando la impronta de un cuerpo contrahecho entre los costurones y los parches.
La imagen que no se quiere ver, pero cuya verdad habrá que asumir alguna vez.

Por último, si tú también partieras a la búsqueda del tiempo perdido, ¿te encontrarías en el camino con los Estados Unidos?
Por cierto. Tendría que hacer varios reconocimientos: en ese país he vivido una larga estación en lo que quiero entender como proceso de integración del sujeto que uno desearía ser, como posibilidad y como conducta. Dentro de ese proceso he descubierto —por lo mismo que soy un extranjero— las bondades del robinsonismo y la claustrofilia: he desarrollado en efecto un gran amor por el encierro. Hay otras cosas: la increíble comprobación de ser estimado por mi trabajo en un medio donde ser profesor y escritor es un mérito (y no sólo para los universitarios) en lugar de ser un estigma. Si me exiliara en Chile echaría también mucho de menos la relación respetuosa y abierta con el prójimo que allí se practica. Seguiría visitando además, en sueños, museos y bibliotecas: tratando de avanzar por la espiral del Guggenheim o de leer alguna página de un raro libro en la biblioteca de Harvard.




Santiago de Chile, julio de 1979




en Nostalgia del Silencio (Diálogos con Pedro Lastra)
Marcelo Pellegrini (ed.), Editorial Pfeiffer, 2014



Originalmente publicado en Pedro Lastra o la erudición compartida: 
estudios de literatura dedicados a Pedro Lastra
Mario A. Rojas y Roberto Hozven (eds.). 
México: Premiá Editora, 1988, pp. 63-68.

















martes, diciembre 05, 2017

“El reyno de Chile”, de Carlos Cociña






El agua de los ojos es mucho más allá y viene y crece de la nieve, y es el agua más blanca que la blanca majestuosa montaña. El nombre del agua viene de la nieve y es el nombre del cuerpo, de la carne de los ojos que flota en el líquido que contrae toda el agua de la corriente entre neuronas.

El agua es la masa de los electrones del espacio del agua del cuerpo de los hombres.

El agua nace en la cordillera de los andes, viene por las plantas medicinales de los ríos de chile, hasta ser la saliva y orina del hombre que quiebra el agua petrificada por la presión de toneladas de agua salada.



en Poesía Cero (Antología, Descontexto Editores), 2017 

Originalmente en Posdata, 2, noviembre 1980 










lunes, diciembre 04, 2017

"celos en mi tiempo libre", de Zarah Butcher-McGunnigle

Traducción de Juan Carlos Villavicencio






en silencio tomo mi forma de rectángulo y la doblo en tres
flores falsas comienzan a marchitarse
cuánto tiempo debo esperar para ser abandonada
un verde pálido tan de moda
presionando un naranjo calabaza
una orquídea sin fin








domingo, diciembre 03, 2017

“Triple embriaguez”, de Ibn al-Zaqqāq




 
Llegó a la medianoche, cuya sombra
era igual que su pelo o que azabache.
Copas de vino puro me tendía,
que daban aromático perfume.
Otro nuevo licor vino a añadirse,
prensado por sus ojos, por sus dientes.
Me embriagué tres veces: de su copa,
de su saliva y de sus ojos negros.



en Poesías, 1956










sábado, diciembre 02, 2017

“Carta de la montaña”, de Li Kiu ling







En la región de las nubes espesas levanté mi cabaña.
En el polvo del mundo se pierden ya mis huellas,
me alejo sin cesar.
No me preguntes cómo pasa el tiempo.
Ante mi ventana corre el agua del arroyo,
en la cabecera del lecho me acompañen mis libros…






viernes, diciembre 01, 2017

"La visita eterna", de Julio César Aguilar







a Cecilia


una presencia los balcones ronda
un alguien tras esa puerta, una paloma
que otra vez al patio, a su casa llega; y allí vive
(habría que alimentarla con el sol nuestro de la memoria).
un viento delicado así
rozando las ventanas: un algo que no se va
porque se ha quedado, voluntad de mármol
canción unánime, ¿qué es
lo que hay sino lo que es
y está siempre siendo, y ya no falta?
mansedumbre de aquella tarde, y otra y otra vez
muy desde temprano
hoy comparece
toda firme presencia enarbolándose, mírala
abre la luz y escucha:
con su decir puro de ahora
regando va en el aire apenas
solo para ti estas palabras:







jueves, noviembre 30, 2017

“Clara sombra”, de José Miguel Vicuña




 
Para Eliana Navarro


Hallar tu cabellera en la ventana
de un tranvía que pasa; ver tu risa
iluminada por la mansedumbre
de tus dones gentiles, maternales;
ver el húmedo adiós de tu mirada
cruzando entre confusas muchedumbres
-por avenidas, puentes, ferias, plazas-,
en el mundo poblado extrañamente
por hombres ruines, ávidos, sensuales,
en este mundo lleno de usureros,
de traidores, tahúres y rufianes;
en un mundo de manos angustiosas,
de ojos viles, de caras extenuadas,
clara sombra, buscarte para siempre,
por el lampo de luz en tus pupilas,
por el ritmo de pasos celestiales,
entre el sudor de gordas risotadas
de vendedoras y de ganapanes.



en Edad de bronce, 1951