jueves, abril 27, 2017

“Forjando patria”, de Draupadí de Mora






se alejaron poco a poco los hombres.
con las primeras gotas
enmudecieron y abandonaron las palas en ángulos agudos
cuando las gotas persistieron
se tomaron las cabezas y miraron hacia arriba
comenzaron poco a poco a descender los halcones
a aflojar los cinturones de cuero alrededor de las caderas
a recoger las tortillas del almuerzo
entonces sopló el viento y se llevó una hoja de diario
desde la que sonreía una señora en pelotas
los hombres decidieron partir y dejar la fosa
total   
ya cabía un hombre



en Lo merecemos todo
(Mantra Edixxxiones), 2017






miércoles, abril 26, 2017

“Tesis sobre el cuento”, de Ricardo Piglia






I

En uno de sus cuadernos de notas Chéjov registra esta anécdota: «Un hombre, en Montecarlo, va al Casino, gana un millón, vuelve a su casa, se suicida». La forma clásica del cuento está condensada en el núcleo de ese relato futuro y no escrito.

Contra lo previsible y convencional (jugar-perdersuicidarse) la intriga se plantea como una paradoja. La anécdota tiende a desvincular la historia del juego y la historia del suicidio. Esa escisión es clave para definir el carácter doble de la forma del cuento.

Primera tesis: un cuento siempre cuenta dos historias.


II

El cuento clásico (Poe, Quiroga) narra en primer plano la historia 1 (el relato del juego) y construye en secreto la historia 2 (el relato del suicidio). El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1. Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario.

El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie.


III

Cada una de las dos historias se cuenta de modo distinto. Trabajar con dos historias quiere decir trabajar con dos sistemas diferentes de causalidad. Los mismos acontecimientos entran simultáneamente en dos lógicas narrativas antagónicas. Los elementos esenciales de un cuento tienen doble función y son usados de manera diferente en cada una de las dos historias. Los puntos de cruce son el fundamento de la construcción.


IV

En «La muerte y la brújula», al comienzo del relato, un tendero se decide a publicar un libro. Ese libro está ahí porque es imprescindible en el armado de la historia secreta. ¿Cómo hacer para que un gángster como Red Scharlach esté al tanto de las complejas tradiciones judías y sea capaz de tenderle a Lönrot una trampa mística y filosófica? Borges le consigue ese libro para que se instruya. Al mismo tiempo usa la historia 1 para disimular esa función: el libro parece estar ahí por contigüidad con el asesinato de Yarmolinsky y responde a una causalidad irónica. «Uno de esos tenderos que han descubierto que cualquier hombre se resigna a comprar cualquier libro publicó una edición popular de la Historia secreta de los Hasidim». Lo que es superfluo en una historia, es básico en la otra. El libro del tendero es un ejemplo (como el volumen de Las 1001 noches en «El Sur»; como la cicatriz en «La forma de la espada») de la materia ambigua que hace funcionar la microscópica máquina narrativa que es un cuento.


V

El cuento es un relato que encierra un relato secreto. No se trata de un sentido oculto que depende de la interpretación: el enigma no es otra cosa que una historia que se cuenta de un modo enigmático. La estrategia del relato está puesta al servicio de esa narración cifrada. ¿Cómo contar una historia mientras se está contando otra? Esa pregunta sintetiza los problemas técnicos del cuento.

Segunda tesis: la historia secreta es la clave de la forma del cuento y de sus variantes.


VI

La versión moderna del cuento que viene de Chéjov, Katherine Mansfield, Sherwood Anderson, y del Joyce de Dublineses, abandona el final sorpresivo y la estructura cerrada; trabaja la tensión entre las dos historias sin resolverla nunca. La historia secreta se cuenta de un modo cada vez más elusivo. El cuento clásico a la Poe contaba una historia anunciando que había otra; el cuento moderno cuenta dos historias como si fueran una sola.

La teoría del iceberg de Hemingway es la primera síntesis de ese proceso de transformación: lo más importante nunca se cuenta. La historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobrentendido y la alusión.


VII

«El gran río de los dos corazones», uno de los relatos fundamentales de Hemingway, cifra hasta tal punto la historia 2 (los efectos de la guerra en Nick Adams) que el cuento parece la descripción trivial de una excursión de pesca. Hemingway pone toda su pericia en la narración hermética de la historia secreta. Usa con tal maestría el arte de la elipsis que logra que se note la ausencia del otro relato.

¿Qué hubiera hecho Hemingway con la anécdota de Chéjov? Narrar con detalles precisos la partida y el ambiente donde se desarrolla el juego y la técnica que usa el jugador para apostar y el tipo de bebida que toma. No decir nunca que ese hombre se va a suicidar, pero escribir el cuento como si el lector ya lo supiera.


VIII

Kafka cuenta con claridad y sencillez la historia secreta, y narra sigilosamente la historia visible hasta convertirla en algo enigmático y oscuro. Esa inversión funda lo «kafkiano».

La historia del suicidio en la anécdota de Chéjov sería narrada por Kafka en primer plano y con toda naturalidad. Lo terrible estaría centrado en la partida, narrada de un modo elíptico y amenazador.


IX

Para Borges la historia 1 es un género y la historia 2 es siempre la misma. Para atenuar o disimular la esencial monotonía de esa historia secreta, Borges recurre a las variantes narrativas que le ofrecen los géneros. Todos los cuentos de Borges están construidos con ese procedimiento.

La historia visible, el juego en la anécdota de Chéjov, sería contada por Borges según los estereotipos (levemente parodiados) de una tradición o de un género. Una partida en un almacén, en la llanura entrerriana, contada por un viejo soldado de la caballería de Urquiza, amigo de Hilario Ascasubi. El relato del suicidio sería una historia construida con la duplicidad y la condensación de la vida de un hombre en una escena o acto único que define su destino.


X

La variante fundamental que introdujo Borges en la historia del cuento consistió en hacer de la construcción cifrada de la historia 2 el tema del relato.

Borges narra las maniobras de alguien que construye perversamente una trama secreta con los materiales de una historia visible. En «La muerte y la brújula», la historia 2 es una construcción deliberada de Scharlach. Lo mismo sucede con Acevedo Bandeira en «El muerto»; con Nolan en «Tema del traidor y del héroe»; con Emma Zunz.

Borges (como Poe, como Kafka) sabía transformar en anécdota los problemas de la forma de narrar.


XI

El cuento se construye para hacer aparecer artificialmente algo que estaba oculto. Reproduce la busca siempre renovada de una experiencia única que nos permita ver, bajo la superficie opaca de la vida, una verdad secreta. «La visión instantánea que nos hace descubrir lo desconocido, no en una lejana terra incognita, sino en el corazón mismo de lo inmediato», decía Rimbaud.

Esa iluminación profana se ha convertido en la forma del cuento.



en Formas breves, 1999

Fotografía: Daniel Mordzinski






martes, abril 25, 2017

"Un talismán", de Marianne Moore

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio






Bajo un astillado mástil
arrancado del barco y arrojado
        cerca de su casco,
un pastor tartamudo encontró
incrustada en el suelo
        una gaviota
de lapislázuli
–un escarabajo del mar–
        con las alas extendidas,
enroscadas sus patas de coral,
abriendo su pico para acoger
        a aquellos hombres hace tanto muertos.





en Observations, 1924













Contribución indirecta a DscnTxt de David Villagrán











A Talisman

“Under a splintered mast, / Torn from the ship and cast / Near her hull, / A stumbling shepherd found / Embedded in the ground, / A seagull / Of lapislazuli, / A scarab of the sea, / With wings spread— /  Curling its coral feet, / Parting its beak to greet / Men long dead.










lunes, abril 24, 2017

“El paraíso”, de Carlos Eduardo Jaramillo






Adán niño despertó una mañana
Con encendidos ojos de hombre
Eso fue todo

Siempre estuvo la magia en el ombligo de Eva
y no en las flores del manzano.



en Línea imaginaria: Antología de la poesía ecuatoriana,
(selección y prólogo de Edwin Madrid), 2015






domingo, abril 23, 2017

"del infierno salió...", de Antonio Nazzaro






del infierno salió
alta y larga
los ojos de azul jaspeado de verde
el paso infinito
de la belleza suspendida
y caderas de ritmos de la tierra
en el pecho cimas que alcanzan
las estrellas
las uñas como casas
que se agarran una encima de otra
de la pobreza que roza
los brazos bulevares hacia
el infinito
siempre al punto
de tocar la luna el sol
siempre ese pasar
de ti Caracas






Inédito










sábado, abril 22, 2017

“Recuerdos”, de Ping Hsin






Arranco la hoja del calendario.
¿Qué día es hoy?
Es como si una nube,
negra como un cuervo,
pasara por delante de mis ojos.
Quiero ser una mujer de paz,
y filósofa.
Me prohíbo pensar en él,
pero no puedo dejar de hacerlo.
Soy como soy.
No soy una mujer de paz.
Carezco de una formación filosófica.
Sólo sé que si, un hombre me ama,
lo amo y, si me detesta, lo detesto.
Un trozo de tierra
tan pequeño como una hoja
será mi hogar.
Nunca lo olvidaré.



en El barco de las orquídeas
(Kenneth Rexroth y Ling Chung, compiladores), 2007






viernes, abril 21, 2017

"Ciénaga oculta", de Hiroya Takagai

© Versión de Juan Carlos Villavicencio




Una carpa en las ramas


El cielo


(Abriendo sus bocas, tratan de atraparlos       por atrás de las hojas)



Abandonado en el acantilado, todavía secándose
el blanco pescado seco


retorcido, el cadáver de una flor
comienza a desenredarse


comienza a pudrirse el árbol caído



[Hueca agua]


                     Pescado, un bote transparente



                     Bajo el acantilado, caen las escamas por todas partes










en Rush mats, 1961

















jueves, abril 20, 2017

Hoy: Lanzamiento de "Una casa junto al río", de Clemente Riedemann, por Descontexto Editores



Hoy jueves 20 de abril, Descontexto Editores los invita a la presentación de la antología "Una casa junto al río", de Clemente Riedemann; a cargo de Manuel Silva Acevedo y Carlos Cociña; además de la participación musical de Marcelo Nilo. 

En la Sala América de la Biblioteca Nacional, a las 19 horas.






miércoles, abril 19, 2017

“Cuestión de perspectiva”, de Mahmud Darwish




 
Lo que distingue al narciso del girasol es lo que diferencia dos puntos de vista: el primero mira su imagen en el agua y dice: No hay yo sino yo. El segundo mira al sol y dice: Qué soy sino lo que adoro.

Y por la noche, se reduce la diferencia y se agranda la glosa.



en La huella de la mariposa, 2013






martes, abril 18, 2017

"La última ceniza", de Montserrat Martorell

Fragmento






En doce meses su vida había cambiado y él no se ajustaba a su nueva realidad de hombre separado y sin amigos. Había perdido cualquier tipo de contacto con las personas que alguna vez le importaron. Sus jornadas transcurrían casi siempre iguales: todo el día encerrado en su departamento, con las luces prendidas, esperando que algo pasara. Y lo único que pasaba eran los tacos de su vecina de arriba que golpeaban con fuerza el suelo. Como si estuviera castigándolo, como si estuviera también castigándose ella. Y así, todos los días, a la misma hora, como un calendario esquizofrénico y desolador que le recordaba que la soledad siempre puede ser mayor cuando estás encerrado en un cuarto donde la luz apenas llega, el 3B de la calle Tremps.

Casi no tenía muebles. Los había vendido todos por ciertas necesidades, pero si entrabas, tal vez sigilosamente, podías ser testigo de una mesa angosta de madera cubierta por un mantel sucio, bordado quizás hace cuántos años. A su lado, un espejo descansaba encima de un mueble grande que, lleno de polvo y roto a la izquierda, servía como refugio a tantas fotos en blanco y negro de los antepasados de su familia. “La galería del terror”, la llamaba. La cómoda había sido de sus abuelos cuando recién se habían casado y era uno de los pocos objetos que le dejaron en vida a ese nieto mayor que se llamaba Conrado. Después libros y libros en los estantes. No le gustaban las pinturas, le daban miedo. Un miedo que no era capaz de explicar y menos entender. De su más tierna infancia recordaba pocas cosas. Había bloqueado cada detalle, cada episodio. Pocas cosas perduraban en él como su incapacidad para aguantar más de dos minutos frente a un cuadro. Daba lo mismo si era un retrato de niños o de animales. Conrado se paralizaba. Ni siquiera podía contemplar con ojos de artista (que sí los tenía) esas monumentales representaciones que colgaban en el Museo del Prado de Madrid (lugar al que viajó en una época donde todavía era demasiado joven para entender todo lo que vendría tanto tiempo después). Pero en el arte, como en la historia de todos, siempre hay excepciones y las Pinturas negras de Goya eran su debilidad. Sobre todo El aquelarre o El gran cabrón, como le gustaba decir a él. “Demonios y ángeles, así convivimos todos, así nos despertamos todos cada mañana, así nos reconocemos todos, en silencio, frente al espejo. Ahí no nos podemos mentir, ahí no podemos ponernos las máscaras”, pensaba a menudo mientras abría y cerraba los ojos contemplando su figura en el ascensor del edificio de la calle Tremps.

El arte, como tantas otras cosas en sus largos años de vida conyugal, había sido uno de los temas recurrentes que ambos usaron para agredirse. Laura podía gastar fortunas en cuadros, le gustaba ir a las ferias de antigüedades y perderse buscando, encontrando cualquier cosa que la conmoviera. Para Conrado era diferente y ese interés de su mujer tenía que ver con las banderas: las banderas que todos usábamos para sobrevivir. “¿Cuál es la tuya?”, les preguntaba a sus pacientes. Estaba convencido de que todos los seres humanos teníamos una y que saber reconocerla nos convertía en lo que éramos, al menos frente a los ojos de los demás.

“La mujer que baila, el hombre que viaja, la joven que escribe, el niño que toca el piano, el abuelo que sabe de fútbol, la mujer que conoce a los pájaros mejor que a los seres humanos, los adolescentes que vibran con las ciencias o con los números o simplemente elevan un volantín de una manera casi perfecta. Todos necesitamos una bandera. A Laura la medicina no le bastaba. Por eso le gustaba la pintura, por eso le gustaba la naturaleza muerta. A Laura le gustaba todo lo que no estuviera vivo”, había escrito alguna vez Conrado.

¿Y los cuadros? ¿Por qué los detestaba tanto? Había algo más; una razón más profunda que se explicaba en el miedo que le provocaban. Cuando pequeño, tenía la imagen de haber ido al museo y aferrarse a la mano del que estuviera a su lado. Una vez alguien, una novia que quiso, le preguntó por qué se sentía así. “Es que son gente muerta, son gente muerta hace quizás cuántos siglos”, había respondido frente a Las Meninas de Velázquez. En contraposición, podía ser un gran coleccionista. Su primera obsesión fue acumular tubos de arena de cualquier lugar al que hubiera viajado. Tierra. Le gustaba juntar tierra. Tenía veinte, quizás treinta. Todos ordenaditos detrás de un mueble. Casi escondidos, pero con su origen intacto: unas letras azules revelaban cuál era el país, la ciudad y el año donde se había recogido esa pequeña muestra.

Hoy, a Conrado le dolían los tubos imperfectos. Le dolían porque le recordaban a Manuel. A su pequeño también le gustaba la tierra, la arena mojada. Cuando era un bebé lo llevaban a la playa y ahí, tan redondo como solo se puede ser a los dos años, llenaba sus pequeñas manos de arena y sin contemplaciones se le partía la boca por la sal de mar. Había heredado el gusto de su padre, pero nunca alcanzó a coleccionar nada, nada que valiera realmente la pena para los ojos de los adultos, para los ojos de una vida que exige y exige sin dar nada a cambio. La vida es justa porque es injusta con todos, repetía y repetía Conrado, mientras las imágenes de su niño se desvanecían entre las cosas que habitaban los pliegues de sus recuerdos.

No era su único pasatiempo. Conrado sabía que nadie iba a querer tener en su casa unos plásticos negros que adentro solo tuvieran tierra. Tenía que buscar otros objetos que lo transportaran a ciertos momentos, a ciertos episodios de felicidad o de tristeza, daba igual, pero que fuera cierto, que fuera vida. Por eso siguió con las cajitas. Muchas cajitas de ciudades que alguna vez visitó: La Habana, París, Roma, Atenas, Florencia o Ámsterdam. Casi quince cajitas, mal repartidas por sus colores y formas, constituían su tesoro, su marca eterna. Todas formaban un círculo sobre un piano que no tocaba nadie. Él había sido músico alguna vez, hace mucho tiempo, en otra vida, antes de que pasara lo de Manuel y asumiera que esa pasión se había esfumado con él, que ya no valía la pena seguir intentando sacar melodías de esas teclas sucias. Estaban también los libros. Tomos y tomos llenos de polvo y un Diccionario de la Real Academia Española que le gustaba consultar de vez en cuando. Libros de medicina, libros de psicología, otros de poesía, su pasatiempo de la juventud y de la madurez. En esa biblioteca nada estaba escogido al azar y ambos habían sido cautelosos en sus elecciones, sobre todo él. Años de estudio y de pensar y de volver a estudiar para finalmente haber abandonado la profesión después de tanto y tanto. Y pensar que alguna vez creyó que servía para eso, que servía para escuchar, para intuir, para descifrar al otro a través de muecas de sonrisas. “Usted va a ser un gran psicólogo”, le dijo un profesor de la facultad cuando recién empezaba esa carrera que sus abuelos no miraron muy bien. “Estudia medicina, Conrado, lo otro déjaselo a los locos”, había dicho el tata Eugenio. No le hizo caso. Nunca le hizo caso a nadie. Estaba en su sangre y la sangre, a veces, tira.

El piso de la calle Tremps era de madera y estaba cubierto de polvo. Una vez cada tres meses sacudía un poco, le pasaba un paño a la mesa y dejaba que el ruido de la aspiradora acabara con todo. Tampoco hacía la cama. Las sábanas siempre amanecían en el suelo o enrolladas en su cuello, asfixiándolo. De vez en cuando se despertaba jadeando, ahogado, asustado. “Puedes controlarlo”, pensaba él. “No son esas crisis. No son esas crisis. Mueve el dedo pequeño del pie, ahora los otros. De a poco, cada vez más fuerte. Aún puedes mover el cuerpo, los labios. ¿Puedes hablar? No te ahogues en la parálisis. Son solo dos minutos. Ese tiempo ya pasó, esos miedos ya no existen. Todo eso, lo que creías conocer de ti, fue hace mucho tiempo cuando aún estaba ella y te miraba con cara de asco”.

El olor del departamento se sentía muchos metros más allá de donde comenzaba la vida de ese psicólogo sin pacientes. Olor a aceite caliente, a sopa recién hecha, a carne quemada, a humedad, a ventanas cerradas. O se le pasaba la sal o se le quedaba prendido el horno. La comida en el refrigerador se vencía y las bolsas de basura se acumulaban en un rincón de la entrada. Era lo más chico y lo más sucio de esos ochenta metros cuadrados. El resto parecía de memoria: su habitación, los dos armarios empotrados, el televisor negro de veinte pulgadas, la máquina de escribir que no funcionaba hace quince años, los tres platos blancos de la abuela Julia pegados a la pared, la cámara fotográfica que había comprado en un mercadillo en un viaje a Dublín cuando tenía veinticinco años y las lámparas altas de peltre, que se mantenían en su familia y se traspasaban intactas y relucientes de generación en generación.

Y a pesar de todo, del gato negro que se metía en el departamento cada vez que se le olvidaba cerrar la ventana del baño, de las dos moscas y las tres polillas que no podía sacar de la pieza y de la ropa recién salida de la lavadora que quedaba colgada durante semanas en el tendedero que ponía en el living porque nadie lo iba a ver, le gustaba su hogar. Era el único lugar donde había vivido solo. Antes lo hizo con su madre, con sus abuelos y después de ellos con Laura. Por primera vez tenía su espacio y su silencio.

Por eso no era raro que, como una regla mal armada, Conrado esperara y mirara el techo y volviera a esperar mientras escuchaba cómo esa mujer pasaba por la cocina a tomar un poco de agua e iba al baño. Después venía el ruido de la cadena, los tacos otra vez y el silencio hasta el día siguiente al mediodía cuando volvía a levantarse. Siempre golpeando el suelo, siempre haciéndose sentir.








Oxímoron, 2016















lunes, abril 17, 2017

“Retrato vivo de mi padre muerto”, de Marino Muñoz Lagos




Mulchén, 19 de julio de 1925 – Punta Arenas, 14 de abril de 2017


Murió en abril: tiempo de lluvia. Otoñecida
estrella le cubría la frente como un agua.
Era un hombre pequeño, realzado de pronto
por una lenta mano, florecida manzana.
Una sombra rebelde le dormía los ojos,
como un álamo triste, como una llamarada.
Era en el tiempo niño: el tiempo inconmovible
de los bosques mojados en sus nobles estancias.
Allí nacía él, allí crecían lentamente
sus cábalas maestras, su suerte enmarañada;
allí, en las pobres vasijas, en el solar
terrestre donde la espiga levantaba
su fantasma perfecto, su pan crepusculario.
Le conocí de cerca una lenta mañana
de invierno. Como sabias monedas invariables
las lluvias pasajeras sobre el techo cantaban.
Su mano sarmentosa se halló como la fina
prolongación del tallo de las dalias.
¡Era él!, ciertamente lo digo. Ciertamente
como que ahora escribo tendido sobre el alba.
Su rostro era tan triste. Sus ojos pensativos
recorrían celestes los cuadros de la casa.
A mí me parecía, por sus limpios modales,
que sólo de un campesino pobre se trataba.
Era hijo del trigo. Venido de un barbecho
donde la luna muestra sus haciendas intactas.
Y en efecto lo era: nacido como tantos
entre un bosque brumoso y una verde montaña,
el campo se extendía por su cuerpo estrellado
y por sus venas rojas la tierra dura andaba.
Murió en abril, tiempo de lluvia, de lluvia
colonial, antigua lluvia, dolorosa campana.
Le llevaron dormido, entre muchos, entre
todos los hombres que vivieron el agua
gozando las estrellas, las nubes y los recios
contornos labradores de las grises comarcas.
Le conocí de cerca, lo traté tantas veces.
Conversamos del tiempo, del trigo y la esperanza.
Murió en abril. Yo estaba lejos. Su esqueleto
vegetal bajo un huerto florido descansa.



en Los rostros de la lluvia, 2001






domingo, abril 16, 2017

"Cuanto puedas", de Konstantinos Kavafis






Y si no puedes hacer tu vida como la quieres,
en esto esfuérzate al menos
cuanto puedas: no la envilezcas
en el contacto excesivo con la gente,
en demasiados trajines y conversaciones.
No la envilezcas llevándola,
trayéndola a menudo y exponiéndola
a la torpeza cotidiana
de las compañías y las relaciones,
hasta que llegue a ser pesada como una extraña.







Traducción de Miguel Castillo Didier















sábado, abril 15, 2017

“Ante las flores...”, de Chao Yong






Ante las flores yo bebo y me embriago;
borracho, con una rama de flores en la mano,
sigo cantando.
¡Oh, flores, encantadoras flores,
no riais al ver mi cabeza blanca,
mi cabeza blanca ha visto ya innumerables,
encantadoras, embriagadoras flores.



Chao Yong: 1011-1077

en Poesía china (Alberti y León, compiladores), 1960






viernes, abril 14, 2017

"Nanas de la cebolla", de Miguel Hernández







La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.






1939













jueves, abril 13, 2017

“Estos amigos míos”, de Jorge Torres Ulloa






Estos amigos míos
llegarán atrasados a mi funeral
todavía con dolor de cabeza
y acidez en el estómago.
Aparecerán cuando el sacerdote
esté cerrando su biblia
y de la Biblia caigan gotas
de lluvia incierta,
luego cuando el panteonero lance
el primer terrón
se pondrán el sombrero
subirán el cuello de sus abrigos,
o abrirán sus paraguas
y se irán haciendo comentarios
sobre este tiempo de carajo,
que ya estaría bueno
que saliera el sol
para sacarse esta ropa de lana
y abrazar
definitivamente
a la primavera.



en Graves, leves y fuera de peligro, 1987