jueves, diciembre 08, 2016

“Bestia de fe”, de Galo Ghigliotto





en el metro un hombre bien vestido
impecable
pantalón de corte perfecto
camisa de marca bajo un vistoso cinturón de cuero
pelo rubio y corto
zapatos italianos

lo miro
y me da pena
pero mucha pena
porque se le nota        que reza

se nota que vivirá una vida entera pensando que hay un dios
malgastará sus domingos en charlas muertas
sufrirá al pensar en los pecados
que debe confesar

vivirá para creer que hacer o no hacer
ciertas cosas
tiene sentido
e incluso recompensa

y desde ningún cielo podrá ver
a los gusanos royendo su cuerpo
ni las manos de hombres futuros
mucho más inteligentes que nosotros
que harán de los huesos del cementerio
algo verdaderamente útil
para los verdaderamente vivos.



en Lof sitiado (Jaime Huenún, compilador), 2011





 

miércoles, diciembre 07, 2016

Tres poemas de "Anatomía de un prófugo [2011-2014]", de Adolfo Cueto




(1969-2016)


BENARÉS
oración india

Sonríe aún otra vez,
pequeño rostro ingrávido, y duerme al fin, ya
duerme. Y que esa luz gastada
que cae tuya, como mirra
dolorida, en su Ganges nos lave
y lave luego al mundo. Y que la noche ponga
letra y música lenta
a tus ojos de niño. Y que, cuando la muerte
esparza sus metales
y plante sus raíces
en mi frente, perdure esta sonrisa
que vela aún tu mirada.



APAGADO O FUERA DE COBERTURA

Lo que nombra el dolor, en esta hora desierta, ya
no son enredaderas trepando muros viejos
ni es el toro enlutado con su traje de muerte.
Ni la hiel, ni la pena. No es,
ni siquiera, tampoco la palabra herida: es
la palabra que hiere
sencillamente, es la sal en la herida. Lo que nombra el dolor
en este tiempo a cuestas, como un ruido
de emisoras de radio mal sintonizadas –esa luz
no ajustada a nosotros–, es el rostro de nadie
frente a las televisiones, es el hambre,
sus moscas, los cristales tintados
de las torres más altas. Deja pálidos fondos
de avenidas azules, orfidal en la sangre, un zumbido al oído.
Son aviones que parten, son hoteles vacíos
cuando la madrugada, estaciones de metro desmembrando
tus días. Es el animal turbio
que ensombrece los labios de las niñas que ríen,
todo eso es –etc. Te ha mirado a los ojos, y conoce
tus señas: dondequiera que vayas, el dolor
lleva en ti su epicentro.

Hablamos del dolor
como quien busca droga
desesperadamente, como merodeadores destripando
basura, escarbando más hondo, temblorosos,
cansados. Una palabra hiriéndonos en
su ceguera de ver, una gran superficie
desolada nos reúne: la palabra que nombra
lo que nombra el dolor, cuando dice su nombre y
se retuerce en nosotros como un papel quemado.



DESCAMPADO

Aquí, en el extraradio, en
las afueras del mundo, por la puerta trasera
de la vida, como galgos perdidos
hacia dentro; de cara a
la pared, en el foso, en el muro, detrás de un corazón
de ladrillo pintado, esta caída lenta, esta luz
malherida, supurando aún, quebrada.

Esta música rota, detenida ahí
delante, de espaldas
a nosotros, como plástico sucio en un río
sin agua; este tiempo de nadie en ese descampado
de los días atroces;
ese nombre sin nombre consumido en el frío
de las urbes inmensas…

Allá
lejos, aquí
mismo: aquí mismito, sí, en las cloacas
de turno, tras el sonido azul
de las sirenas, este epitafio mudo, esta elegía
truncada.




en Anatomía de un prófugo [2011-2014], inédito














martes, diciembre 06, 2016

“Corro”, de Cristián Antillanca




 
A los descendientes del longko Paulo Nauco


Corro por la playa
con un caballo y cuatro perros
ebrio.
En las dunas duermen los antepasados
y en la orilla las corvinas son tesoro
que la mar entierra.
Corro
La noche va cerrando sus mil ojos
Los árboles me buscan a tientas
Julia Nauco se está muriendo
Su hermano está en un asilo
soñando
que corre por la playa
con su caballo y sus cuatro perros
que se trae a Colún a la rubia que lo cuida.
Los abuelos siguen durmiendo
Los gringos se están riendo
Y yo estoy borracho
tendido
soñando
que corro por la playa.



en Weichapeyuchi ül: cantos de guerrero

(Paulo Huirimilla, antologador), 2012






lunes, diciembre 05, 2016

"Manoel de Oliveira: un viajero en el tiempo", de Wim Wenders







La vejez no es necesariamente interesante. Hay muchas personas que cumplen una cantidad descomunal de años y no han vivido muchas cosas o no tienen mucho que contar. Pero cuando alguien que está cumpliendo cien años se dispone a filmar una película, para ser más precisos su película número cuarenta y ocho, paran las rotativas. ¡Momentito! ¿Que tiene cien años y va a filmar una película? ¿Quién es?

¡Manoel de Oliveira! De Porto y nacido el 12 de diciembre de 1908. Un hombre de unos ojos pícaros y juveniles, y un espíritu curioso e infatigable. Lo vi en el Festival de Venecia, donde le entregaron un premio a la trayectoria, como tantas veces en tiempos recientes, y cuando alguien se acercó para ayudarlo a bajar del escenario, él rechazó sonriente la mano que le tendían. ¿Escalones? ¡Ningún problema! ¿Cuántos años tienen los cien?

Cuando nació el joven Manoel, Charlie Chaplin aún deambulaba sin un peso en el bolsillo por los Music Halls de Londres; un conocido escritor (y también) actor llamado W.D. Griffith era contratado por la Biograph Company, que por ese entonces todavía estaba en Nueva York; en Hollywood no se producían películas y Portugal seguía siendo una monarquía que soñaba desde los márgenes de Europa con convertirse en una república…

El joven Oliveira primero quiso ser actor. Colaboró en varias producciones como las primeras películas sonoras de Portugal, por poner un ejemplo. Después, en 1932, vio la maravillosa Berlín, sinfonía de una ciudad de Walter Ruttmann y quedó tan impresionado que quiso rodar documentales. Y lo hizo, si bien en forma esporádica, a lo largo de treinta años. Como director de largometrajes su debut no se dio antes de 1971, cuando filmó O Passado e o Presente (que ya menciona en el título lo que será su tema central). En ese momento yo era un muchachito ingenuo de veintiséis años que recién filmaba su primer largo y Manoel de Oliveira tenía la misma edad que tengo ahora. ¡Sesenta y tres! Al día de hoy sigue filmando. Y es que su producción comenzó a tomar velocidad cuando él cumplió ochenta. ¡Y desde entonces hace (al menos) una película por año! Poco a poco voy pudiendo imaginar lo que significa encarar un rodaje a los cien…

En 1994 rodé en Lisboa un film, Historias de Lisboa (Lisbon story), y le pedí a Manoel que apareciera en una breve escena muda. (Él en ese momento apenas tenía ochenta y ocho.) Su participación consistía en aparecer delante de una Bolex, echar un vistazo a la calle que tenía adelante como si la evaluara, sosteniendo las manos estiradas y abiertas como lo hacen a veces los directores para encuadrar una toma y, luego, “ingresar en su propio cuadro” y bajar caminando esa calle. Bien sencillo. La primera parte la hizo como con los ojos cerrados, no hubo ningún inconveniente. Dobló con envión por la esquina, se mantuvo al milímetro sobre su marca sin bajar la vista y después sostuvo las manos delante de la cámara justo como para que le enmarcaran la mirada. Corte. Mientras rearmábamos la cámara para que apuntara en otra dirección, Manoel desapareció por la entrada de una casa. Cuando estábamos listos para seguir rodando, regresó. Pero de pronto tenía un bigotito al estilo Chaplin, un sombrero y un pantalón que estaba como arremangado o corrido hacia arriba. Solo le faltaba el bastón. Y ahí no entró en el cuadro caminando. Entró bailando, giró sobre una sola pierna hacia la cámara, ladeó el sombrerito y se fue saltando por la calle, sí, ¡saltando!, hasta desaparecer en la esquina. Y listo. Así es como Charlot de Oliveira se fue…

Manoel se mantuvo inconcebiblemente joven. ¡¿O rejuveneció con el paso de los años?! Todas sus películas están surcadas por el presente y el pasado, y hacen viajar al espectador en el tiempo enseñándole un pasado que al verlo se vuelve ficción. Sus películas albergan la experiencia recogida durante todo un siglo europeo. En ellas resuena el legado colonial y brama nuestro perturbador tiempo presente. Son versadas y sabias, de una gran franqueza y curiosidad estilísticas y siempre esconden sorpresas realmente inesperadas. Como Belle Toujours (2006), una continuación de Belle de Jour de Buñuel con Michel Piccoli y Bulle Ogier, o Um Filme Falado, con Catherine Deneuve y John Malkovich, por solo mencionar dos ejemplos realizados con sus actores favoritos. Si hoy Manoel de Oliveira cumple cien años, hay cien motivos para (volver a) ver sus películas.





Wim Wenders
Los píxels de Cezanne (y otras impresiones sobre mis afinidades artísticas)
Traducción de Florencia Martin
Caja Negra Editora · 208 páginas
















domingo, diciembre 04, 2016

“Peatonal”, de Martín Cinzano





Intenta cruzar una calle        una miserable calle
            y recibirás toda una variedad de guturales insultos
            proferidos por las estúpidas cabezas
Muchachos, se los digo, heme otra vez aquí
            ustedes ya me conocen
            soy el peatón furioso
            salido del mismísimo Peatonal de los Atropellados
            y he venido aquí para transgredir sistemáticamente
Las leyes del tránsito las normas de convivencia social
            joderles la vida
hacer caso omiso de cualquier semáforo
            causar accidentes en cadena colisiones pum crash paf
Muy posiblemente moriré atropellado
            el auto o/y la bici se darán a la fuga
La calle caerá presa de un aullido de silencio
            como MSP (1998, Pantitlán)
            y RB (París, 1981)
            yo también lo supe
            no les vendría nada
            pero nada mal
            amongelatina en sus motores



en Peatonal (La Ratona Cartonera, México), 2016



Fotografía: César Fuentes



Agradecimiento especial a Roberto Contreras, 
por el transporte de Peatonal 
y la paciencia de la entrega...






sábado, diciembre 03, 2016

"Cómo puedo evitar el arrepentimiento y la tristeza de una vida...", de Li Yu

© Versión de Juan Carlos Villavicencio





¿Cómo puedo evitar el arrepentimiento y la tristeza de una vida?
¿Cuáles los límites para mi solitaria aflicción?
Volví en un sueño a mi antigua patria,
dejando caer dos lágrimas al despertar.
¿Quién subirá ahora a aquella torre inmensa?
Recuerdo esa clara escena del otoño.
Aquellos sucesos pasados se vuelven vacíos,
se van perdiendo como un sueño.






Fotografía original: “Embarcadero a la medianoche 
junto al puente de arce” (1960), de Lang Jingshan






viernes, diciembre 02, 2016

“Cántico del solsticio de verano”, de Annie Finch






21 de junio


El sol, rico y abierto,
se estira y derrama sobre la flor de nuestro trabajo.

En el centro de las nuevas flores,
un ala de flor más oscura

te apunta como un fuego.

Apunta tu fuego como una flor.


Traducción de Marcelo Pellegrini

en Figuras del original, 2006







jueves, diciembre 01, 2016

"Luis Oyarzún", de Clemente Riedemann





Honrado es el hombre que advierte,
en el fulgor de las ventanas,
la mirada de sus maestros.
Acaso pueda, él mismo, un día de éstos,
espantar en otros la soberbia.
Anduvo, Lucho Oyarzún, por estas calles levitando.
Viendo, en la luz
–despabilado el sueño– las murallas:
El capitalismo de los ricos
frena el capitalismo de los pobres
(N.Y. Agosto, 1970)
Y más te vale comprender: ver, en el tiempo,
la palabra.




en Una casa junto al río, Descontexto Editores, 2016










miércoles, noviembre 30, 2016

"Mr. Robot", de Sam Esmail






Terry Colby: Es un regalo. Yo... quería dártelo antes de olvidarlo. (En escena una mano posa sobre una mesa un libro titulado El último hombre honesto, del autor Terry Colby). Es una copia de mi último libro. Está de moda en Movers & Shakers de Amazon. Se vende más que el último de Trump. (La escena muestra a dos personas sentadas frente a frente conversando en una gran oficina) ¿Puedes creer que ese chupapicos se va a postular esta vez? Digo, si quisiera, las cosas que sé de él... me llevaría como vicepresidente.

Philip Price, CEO de E Corp: La política... es para títeres. Además, si te postularas, ya no serías «El último hombre honesto». (Ríen) Gracias, Terry. Y bueno… quiero que veas a nuestro amigo, Winston Campbell, para hablar de este asunto... esta noche. Tengo entendido que te debe algunos favores.

Colby (Suspira): Así es. Ehm… ¿pero un voto de la ONU que le permita a China anexarse al Congo?

Price: A Winston lo escucha el presidente.

Colby: Eso lo entiendo, pero debo ser honesto, Phillip... es una locura. Me he enterado tras leer el Times que China tiene la punta metida en el Congo... y tú quieres que Winston le diga a Obama que mire para el otro lado mientras los chinos se quedan con todo. Digo... no sé… ¿darles soberanía nacional de otra nación? Es una locura, ¿no lo crees?

Price: África Central es un mierdal. Después del cambio climático, serán una bola de futuros cadáveres matándose en una guerra civil. El Salón Oval podría hacer que esto se viera como una intervención humanitaria.

Colby: Con todo respeto, es basura. Si él le dice al embajador que vote a favor de esto, Obama siempre será conocido como el hombre que le regaló África a China.

Price: No. Eso es lo secundario. Obama sólo tiene que decirle a su embajador que se abstenga.

Colby: Supongo que... no vas a decirme qué tiene esto que ver con tus ambiciones.

Price: Hazlo por mí, Terry... y prometo no olvidarme de tu ayuda. (Se levanta para despedir a Terry mientras le da la mano. V se acerca a la puerta).

Colby (Se detiene ante la puerta. En un exabrupto, se detiene y ríe): El maldito Congo. El Congo. ¿Hay algún lugar en el mundo en el que no tengas las manos metidas? Comercias con países como si fueran cartas.

Price (Sentado en su escritorio, revisando unos papeles, sin mirarlo): ¿No se trata de eso la historia? ¿Políticamente, económicamente, geográficamente, líneas imaginarias que se trazan y se vuelven a trazar una y otra vez?

Colby (Tristemente se demora en contestar): Sí… Phillip, tengo que saberlo. ¿Por qué lo haces? Digo… todo esto.

Price (Mirándolo): ¿Honestamente?

Colby: Sí.

Price (Se saca los lentes y pasa la mano por su cara): En el transcurso de mi vida, siempre me he preguntado: «Soy la persona más poderosa en la habitación?». Y la respuesta tenía que ser «Sí». Hasta el día de hoy... sigo preguntándome lo mismo. Y la respuesta sigue siendo «Sí». En cada habitación del mundo entero, la respuesta es… «Sí». Con la excepción de una. O dos. Y eso me impulsa. Mi intención es dejar un legado con los parámetros que Dios dispuso cuando creó la Tierra y al hombre a Su imagen y semejanza. Cualquier cosa menos que eso... no vale la pena mencionarlo.

(Se vuelve a poner los lentes, mientras Colby abre la puerta y se va)




Mr. Robot, 
episodio 10 de la segunda temporada, 2016
















martes, noviembre 29, 2016

“Felicidad”, de Malcolm Lowry





Nevadas montañas azules
            y azul e inquieta agua helada.
Un cielo desbordante,
            repleto de estrellas nacientes
y Venus y la luna creciente al amanecer.

Gaviotas detrás del motor de un bote
            contra el viento.
Los árboles con ramas fijas en el aire.

Sentado al sol del mediodía
            con la humeante sombra de la chimenea
            de la cabaña.
Las águilas flotan con el viento;
            las golondrinas flotan y retroceden.

A las once un nuevo tipo de tabaco
            y mi amada que vuelve en el bus de las cuatro.
Dios, ¿qué hice yo para merecer esto?



en Un trueno sobre el Popocatépetl, 2000

Versión de Mario Spachiaro






lunes, noviembre 28, 2016

"Lucha de clases", de Juan José Saer







La voz vendría a quedar, de esa manera, en suspenso. Y un trueno,
en su lugar, se dejaría oír, en la casa de la historia,
poniendo, como quien dice, un temblor,
hasta en los rincones más escondidos o más frágiles. Que la voz,
más bien, ininterrumpida, acompañe la explosión, la haga más que ruido,
dotándola de una dimensión de modestia, de error o soledad,
de modo tal que la finitud complete las estrellas codiciadas.
Y porque, también, pasado el estruendo, en el silencio que,
por obra de alguna revisión pudiese, gélido, imperar,
esa voz finita y sin fin siga sola cintilando hacia el cielo,
de modo tal que ayude, en la noche eventual,
a romper, o a desplegarse más bien,
firme, y hasta una nueva noche, el amanecer.




en El arte de narrar: poemas (1960-1987), 1999























domingo, noviembre 27, 2016

“Un mundo mejor es posible”, de Fidel Castro






Discurso pronunciado en la Conferencia Internacional sobre el Financiamiento para el Desarrollo


Excelencias:

Lo que aquí diga no será compartido por todos, pero diré lo que pienso, y lo haré con respeto. El actual orden económico mundial constituye un sistema de saqueo y explotación como no ha existido jamás en la historia. Los pueblos creen cada vez menos en declaraciones y promesas. El prestigio de las instituciones financieras internacionales está por debajo de cero.

La economía mundial es hoy un gigantesco casino. Análisis recientes indican que por cada dólar que se emplea en el comercio mundial, más de cien se emplean en operaciones especulativas que nada tienen que ver con la economía real. Este orden económico ha conducido al subdesarrollo al 75 por ciento de la población mundial.

La pobreza extrema en el Tercer Mundo alcanza ya la cifra de 1200 millones de personas. El abismo crece, no se reduce. La diferencia de ingresos entre los países más ricos y los más pobres que era de 37 veces en 1960 es hoy de 74 veces. Se ha llegado a extremos tales, que las tres personas más ricas del mundo poseen activos equivalentes al PIB combinado de los 48 países más pobres.

En el 2001 el número de personas con hambre física alcanzó la cifra de 826 millones; la de adultos analfabetos, 854 millones; la de niños que no asisten a la escuela, 325 millones; la de personas que carecen de medicamentos esenciales de bajo costo, 2 mil millones; la de los que no disponen de saneamiento básico, 2 mil cuatrocientos millones. No menos de 11 millones de niños menores de 5 años mueren anualmente por causas evitables, y 500.000 quedan definitivamente ciegos por falta de vitamina A.

Los habitantes del mundo desarrollado viven 30 años más [en promedio] que los del África Subsahariana. ¡Un verdadero genocidio!

No se puede culpar de esta tragedia a los países pobres. Estos no conquistaron y saquearon durante siglos a continentes enteros, ni establecieron el colonialismo, ni reimplantaron la esclavitud, ni crearon el moderno imperialismo. Fueron sus víctimas. La responsabilidad principal de financiar su desarrollo corresponde a los Estados que hoy, por obvias razones históricas, disfrutan los beneficios de aquellas atrocidades. El mundo rico debe condonar la deuda externa y conceder nuevos préstamos blandos para financiar el desarrollo. Las ofertas tradicionales de ayuda, siempre raquíticas y muchas veces ridículas, son insuficientes o no se cumplen.

Lo que hace falta para un verdadero desarrollo económico y social sostenible es muchas veces más de lo que se afirma. Medidas como las sugeridas por el recién fallecido James Tobin para frenar el torrente incontenible de la especulación monetaria, aunque no era su idea ayudar al desarrollo, serían hoy tal vez las únicas capaces de generar fondos suficientes que, en manos de los organismos de Naciones Unidas y no de funestas instituciones como el FMI, podrían suministrar ayuda directa al desarrollo con la participación democrática de todos, sin el sacrificio de la independencia y la soberanía de los pueblos. El proyecto de consenso que se nos impone por los amos del mundo en esta conferencia, es el de que nos resignemos con una limosna humillante, condicionada e injerencista.

Hay que repensar todo lo creado desde Bretton Woods hasta hoy. No hubo entonces verdadera visión de futuro. Prevalecieron los privilegios y los intereses del más poderoso. Ante la profunda crisis actual, nos ofrecen un futuro todavía peor, en el que no se resolvería jamás la tragedia económica, social y ecológica de un mundo que será cada vez más ingobernable, donde habrá cada día más pobres y más hambrientos, como si una gran parte de la humanidad sobrara.

Es hora de reflexión serena para los polticos y hombres de Estado. La creencia de que un orden económico y social que ha demostrado ser insostenible pueda ser impuesto por la fuerza es una idea loca. Las armas cada vez más sofisticadas que se acumulan en los arsenales de los más poderosos y ricos, como ya expresé una vez, podrán matar a los analfabetos, los enfermos, los pobres y los hambrientos, pero no podrán matar la ignorancia, las enfermedades, la pobreza y el hambre.

De una vez por todas debiera decirse adiós a las armas. ¡Algo tiene que hacerse para salvar la humanidad! ¡Un mundo mejor es posible!

Gracias.



Monterrey, México, 21 de marzo de 2002

en Palabra de Fidel: Selección de Discursos, 2002






sábado, noviembre 26, 2016

"Poema a un amigo", de Cao Zhi

© Versión de Juan Carlos Villavicencio




Ha empezado el frío al inicio del otoño,
mientras los árboles del jardín se deshojan lentamente.
Gélida la escarcha sobre la escalera de jade,
cuando se levanta el viento y envuelve todo el pabellón.
Este amanecer las nubes han partido tras las cumbres
y los pantanos y los ríos crecieron gracias a la lluvia.
Ya acaba la cosecha en los campos y colinas
donde siempre el campesino ha cuidado de sus frutos.

Los que viven siendo ricos no recuerdan a los pobres:
a nadie le importa lo que les sucede.
Mientras tengamos abrigo en invierno
nadie va a soñar con aquellos que no lo tienen.
Mi corazón evoca a los antiguos sabios
a los que no les importaban ni tesoros ni oropeles.
Tu amor es como el de ellos
y ni de tus virtudes eres codicioso.











viernes, noviembre 25, 2016

“El extraño caso de Lady Elwood”, de Roberto Fontanarrosa





El inspector Havilland detuvo su Austin al costado del camino que conducía a Middleford y quedó pen­sativo. No había dicho a nadie dónde pasaría sus quince días de vacaciones y la idea de retomar el ca­mino hacia Londres se le instaló sólidamente en la cabeza.

Él tan sólo había prometido comunicarse cada tres días con Scotland Yard, en prevención de algún suceso inesperado, como el retorno del Destripador de Yorkshire, un ataque nuclear soviético o la fuga de un oso del zoológico. Esa franquicia de manejar a su gusto el contacto con sus superiores tan sólo se le concedía a hombres como Emerald L. Havilland, el más eficaz sabueso de las fuerzas de seguridad británicas. "El Detective Invicto" como bien lo había llamado la prensa tras su espectacular esclarecimiento del caso del robo del pony predilecto del Príncipe Andrew.

En tanto viraba lentamente el volante, una sonrisa, apretada en torno al cigarro que sostenían sus labios, ensanchó el rostro adusto del inspector: recordaba claramente la densa, profunda, prometedora mirada que le había dispensado Lady Elwood desde lo alto de su palco, días atrás, durante el concierto que brindó la Royal Philarmonic Orchestra.

Una hora después, el inspector Havilland, prote­giendo su boca y su nariz bajo el abrigo de la bufanda con los colores del Tottenham Hotspur, golpeaba suavemente con su puño enguantado a las puertas de la mansión de Lady Elwood, la riquísima viuda de sir Lewis Norton.

Tras unos minutos de espera Havilland repitió el llamado. Finalmente, con la curiosidad propia de la profesión, giró el picaporte comprobando que la pesada puerta estaba abierta. Antes de entrar observó hacia la calle. Nadie lo había visto. El viento y la lluvia eran dos azotes flagelando Newcastle Street.

Recorrió un par de salones desiertos y luego co­menzó a subir una ancha escalera de madera. En una de las habitaciones superiores halló a Lady Elwood. Estaba sobre la alfombra, caída al lado de su cama en posición poco ortodoxa y presentaba dos heridas profundas en la espalda.

Havilland husmeó el aire y luego tomó la medida que separaba la cómoda de la perilla de la luz. Fue hasta el cenicero y recogió dentro de un sobre las co­lillas de cigarrillos. Se paró en medio de la habita­ción, cruzado de brazos y mirando hacia los cerra­dos ventanales. Meneó la cabeza y silbó suave.

—Paul —musitó—. Finalmente lo hizo.

Recordaba el rostro joven e ingenuo de Paul Elwood, sobrino de la viuda, y las habladurías que de él y su tía se contaban en ciertos cenáculos.

—No debe haber abandonado el país aún —dedu­jo Havilland—. Tomará el ferry hacia Francia.

Anotó en una pequeña libreta la medida entre la cama y el ropero y constató que la puerta de éste estaba entornada. La abrió. Allí dentro, prácti­camente sentado sobre el piso de madera, algo oculto por la profusión de tapados y pieles, se hallaba el cadáver de Paul Carpentier, estrangulado por una corbata de seda italiana azul, con diminutos puntos rojos.

Havilland se pellizcó los labios y cerró el ropero. Miró su libreta de apuntes y golpeteó con la base de su lapicera sobre la tapa de la libreta.

—Mannix —silabeó—. Gus Mannix.

No escapaban a su memoria proverbial los rasgos acentuados de Gus Mannix, profesor de piano de Paul, a quien algunas revistas proclives al escándalo sindicaban como antiguo enamorado de Lady Elwood.

—Los celos —musitó Havilland— son malos con­sejeros.

Se encaminó hacia el baño. Allí podría detectar huellas dactilares del impetuoso profesor Mannix.

Havilland no pudo disimular un rictus de contra­riedad cuando, junto a la bañera, semitapado por la cortina plástica encontró el cuerpo del eximio pia­nista. Entre ceja y ceja, algo más arriba de la conge­lada expresión de asombro que dibujaban sus ojos, mostraba el orificio pequeño pero nítido de una bala calibre 22.

El inspector aspiró hondo y tomó la medida entre el lavabo y el grifo de agua caliente.

—Estoy ante la obra de un loco —dictaminó—, Jerry Fergusson.

Nunca había podido olvidar la mirada extraviada del jardinero mientras le explicaba su extraña teoría sobre la doble personalidad de las azaleas y la influen­cia que ejercían las monocotiledóneas sobre las de­cisiones del Vaticano. Tampoco nunca había olvi­dado que Jerry Fergusson le había confiado que atendía los jardines de Lady Elwood.

—Sé muy bien dónde estará oculto —se dijo. Sor­teando el cadáver de la acaudalada viuda, se dirigió al teléfono. No tenía tono. Observó que se hallaba desconectado. Agachándose tras el cable atisbó bajo la cama.

Allí, con la cabeza destrozada por un atizador de la estufa de leños, vio a Jerry Fergusson, el jardi­nero.

Havilland se frotó suavemente las yemas de los dedos. Frunció los labios y aprobó un par de veces enérgicamente con su cabeza.

Colocó nuevamente el auricular del teléfono en su horquilla. Luego retornó las colillas que había sacado, a sus ceniceros. Cortó la hoja con anotacio­nes de su libreta y la arrojó al inodoro, accionando luego el turbión de agua.

Se arrebujó entonces en su bufanda, bajó el ala de su sombrero, salió de la casa cerrando con cuidado la puerta y subiendo al Austin retomó el camino hacia Middleford.



en El mundo ha vivido equivocado y otros cuentos, 1982






jueves, noviembre 24, 2016

"La indolencia es a menudo asertiva aquiescencia", de Doris Kareva







La indolencia es a menudo asertiva aquiescencia,
que se recrea en sí misma
como Selene creciente que gradualmente
se distancia de su menguante contingente,
como una batería que con toda seguridad
se recarga continuamente,
de modo que todo, todos
han de tener tiempo para sí mismos,
para la dicha y la lasitud,
tiempo para ser humanos.






Sin datos editoriales