jueves, agosto 25, 2016

“Libreta”, de Beatriz Sarlo





Dos fragmentos


7 de marzo

EScitture estreme, Franco Rella cita un aforismo de Kafka: “Hay un punto desde donde ya no es posible el regreso. Este es el punto a alcanzar”. No puedo decidir si es un impulso optimista o pesimista; expresa un deseo, pero no sé si es un deseo de destrucción o de futuro absoluto, de utopía absorta en lo que vendrá y no en lo que fue. Aunque todo lo que sabemos sobre Kafka inclina a pensar que el aforismo es pesimista, la negación del cumplimiento de toda promesa y de la llegada a una tierra prometida parece más un ansia de nuevo comienzo, de punto cero, abolición de una historia maldita o corte simple con la repetición. Nacimiento, no renacimiento. No hay tiempo para que el pasado ensucie o enturbie el presente. El pasado como mancha: alejarse de él, llegar al punto de no retorno.





23 de febrero

Leo El doble de Dostoievski, en alemán, para que la lejanía de la lengua produzca una especie de “efecto de distancia”. No puedo imaginar la escritura de una novela en ruso. Cuando se leen traducciones al castellano de otras lenguas europeas, siempre hay una especie de telón de fondo donde se proyecta un fantaseado original. Pero ¿del ruso?, ¿cómo puedo imaginar el ruso? Bachtin dice que Dostoievski toma el pequeño oficinista de Gógol y lo presenta como autoconciencia. Exactamente, sólo que la autoconciencia de Goliadkin es equivocada: en lugar de conocerse, se desconoce de modo radical. El doble es un monólogo cortado por diálogos donde nada es confiable: el monólogo de alguien que ve a su doble y el narrador no interviene, nos deja allí, frente al loco. Dostoievski se atiene a esa alucinación de Goliadkin. Novela increíble, donde no existen esos “asesinos por amor” y otras especies de oxímoron que provocaron la mirada condescendiente de Borges. Está, en cambio, Beckett y, para Nabokov, Joyce.



en Bazaramericano.com (Año XI, Nº 57), 2016






miércoles, agosto 24, 2016

“Dieguito”, de José Pablo Feinmann






Según su padre, que tal vez lo odiara, Dieguito era decididamente idiota. Según su madre, que algo había accedido a quererlo, Dieguito era sólo un niño con problemas. Un niño de ocho años que no conseguía avanzar en sus estudios primarios —había repetido ya dos veces primer grado—, taciturno, solitario, que apenas parecía servir para encerrarse en el altillo y jugar con sus muñecos: los cosía y los descosía, los vestía y los desvestía, vivía consagrado a ellos. Un idiota, insistía el padre, y un marica también, agregaba, ya que ningún hombrecito de ocho años juega tan obstinadamente con muñecos y, para colmo, con muñecas. Un niño con problemas, insistía la madre, no sin deslizar enseguida alguna palabreja científica que amparaba la excentricidad de Dieguito: síndrome de tal o síndrome de cual, algo así. Y no un marica, solía decir contrariando al padre, sino un verdadero varoncito: ¿acaso no amaba el fútbol? ¿Acaso no se prendía a la tele siempre que Diego Armando Maradona aparecía en la mágica pantalla haciendo, precisamente, magia, la más implacable de las magias que un ser humano puede hacer con una pelota?

Dieguito se deslizaba por la vida ajeno a esos debates paternos. Se levantaba temprano, iba al colegio, cometía allí todo tipo de errores, torpezas o, siempre según su padre, imbecilidades que luego se expresaban en las estólidas notas de su libreta de calificaciones, y después, Dieguito, regresaba a su casa, se encerraba en el altillo y jugaba con sus muñecos y con sus muñecas hasta la hora de comer y de dormir.

Cierto día, un día en que incurrió en el infrecuente hábito de salir a caminar por las calles de su barrio, presenció un suceso extraordinario. Fue en un paso a nivel. Un poderoso automóvil intentó cruzar con las barreras bajas y fue arrollado por el tren. Así de simple. El tren siguió su marcha de vértigo y el coche, hecho trizas, quedó en un descampado. Dieguito no pudo dominar su curiosidad. ¿Quién conduciría un coche tan hermoso? Corrió —¿alegremente?— a través del descampado y se detuvo junto al coche. Sí, estaba hecho trizas, negro, humeante y con muchos hierros retorcidos y muchísima sangre. Dieguito miró a través de la ventanilla y se llevó la sorpresa de su corta vida: allí dentro, algo deteriorado, estaba él, el hombre que más admiraba en el mundo, su ídolo.

Una semana después todos los diarios argentinos dedicaban su primera plana a un suceso habitual: Diego Armando Maradona llevaba más de diez días sin acudir a los entrenamientos de su equipo. Hubo polémicas, reportajes a variadas personalidades (desde ministros a psicoanalistas y filósofos) y conjeturas de todo calibre. Una de ellas perseveró sobre las otras: Diego Armando Maradona había huido del país luego de ser arrollado por un tren mientras cruzaba un paso a nivel con su deslumbrante BMW. ¿A dónde había huido? Muy simple: a Colombia, a unirse con el anciano y desfigurado Carlos Gardel, quien aún sobrevivía a su tragedia en el país del realismo mágico. Ahora, desfigurados horriblemente, los dos grandes ídolos de nuestra historia se acompañaban en el dolor, en la soledad y en la humillación de no poder mirarse a un espejo. Ellos, en quienes se había reflejado el gran país del sur.

En medio de esta tristeza nacional no pudo sino sorprender al padre de Dieguito la alegría que iluminaba sin cesar el rostro del niño, a quien él, su padre, llamaba el pequeño idiota. ¿Qué le pasaba al pequeño idiota?, le preguntó a la madre. “No sé”, respondió ella. “Come bien. Duerme bien”. Y luego de una breve vacilación —como si hubiera, demoradamente, recordado algún hecho inusual—, añadió: “Sólo hay algo extraño”. “Qué”, preguntó el padre. “No quiere ir más al colegio”, respondió la madre. Indignado, el padre convocó a Dieguito. Se encerró con él en su escritorio y le preguntó por qué no iba más al colegio. “Dieguito no queriendo ir al colegio”, respondió Dieguito. El padre le pegó una cachetada y abandonó el escritorio en busca de la madre. “Este idiota ya ni sabe hablar”, le dijo. “Ahora habla con gerundios”. La madre fue en busca de Dieguito. Le preguntó por qué hablaba con gerundios. Dieguito respondió: “Dieguito no sabiendo qué son gerundios”.

Transcurrieron un par de días. Dieguito, ahora, ya casi no bajaba del altillo. Sus padres decidieron ignorarlo. O más exactamente: olvidarlo. Que reventara ese idiota. Que se pudriera ese infeliz; sólo para traerles desdichas y papelones había venido a este mundo.

Sin embargo, hay cosas que no se pueden ignorar. ¿Cómo ignorar el insidioso, nauseabundo olor que se deslizaba desde el altillo hacia el comedor y las habitaciones? ¿Qué diablos era eso? ¿A quién habrían de poder invitar a tomar el té o a cenar con semejante olor en la casa? Decidieron resolver tan incómodo problema. “Esto”, dijo el padre, “es obra del pequeño idiota”. Llamó a la madre y, juntos, decidieron emprender la marcha hacia el altillo. Subieron la estrecha escalera, intentaron abrir la puerta y no lo consiguieron: estaba cerrada. “¡Dieguito!”, chilló el padre. “¡Abrí la puerta, pequeño idiota!”. Se oyeron unos pasos leves, giró la cerradura y se abrió la puerta. Dieguito la abrió. Sonrió con cortesía, y dijo: “Dieguito trabajando”, y luego se dirigió a la mesa en que yacía el ídolo nacional ausente. Sí, era él. El padre no lo podía creer: no estaba en Colombia, con Gardel, sino que estaba ahí, sobre esa mesa, y el olor era insoportable y había sangre por todas partes y el ídolo nacional ausente estaba trizado y Dieguito, con prolija obsesividad, le cosía una mano (¿la mano de Dios?) a uno de los brazos. Y la madre lanzó un aullido de terror. Y el padre preguntó: “¿Qué estás haciendo, grandísimo idiota?”. Y Dieguito (oscuramente satisfecho por haber sido, al fin, elevado por su padre a los dominios de la grandeza) sólo respondió:

—Dieguito armando Maradona.



en Cuentos de fútbol argentino, 2011







martes, agosto 23, 2016

"Mejor no pensarlo", de Manuel Silva Acevedo

Premio Nacional de Literatura 2016




No hará falta que pase mucho tiempo
para que se cumpla esta profecía:
o todos de pie frente a la Puerta
o todos de cabeza al Abismo.
Ahora supongamos que no hay Puerta.
De pie ante qué entonces.
Peor aún, lanzados a qué abismo.
Si todos los abismos son espejos
mejor no pensarlo si llegan a quebrarse.





en Terrores diurnos, 1982










lunes, agosto 22, 2016

“El triángulo”, de Yanko González






Vagué por el triángulo /
sin estómago /
bajo ombligos y de cada tres al frentes /
uno era una arista venenosa
            donde se descomponían mis amigos /
esos vértices donde el triángulo esquina por sus fauces /
cabíamos todos /
sólo faltaban las madres y las liendres /
algo poco usual en los triángulos /
que ofrecen su Caída Libre y su Carniza /
por más lagos y lechales /
HUNDÍ en ese entonces en ese dentro de su dentro
            este par de cueros leporinos /
que el isósceles lambisqueaba como hiena /
vesícula /
vejiga /
uréter /
vena iliaca /
SAQUÉ /
sanándome /
leche de teta antes de la leche /
hitones entre uña y carne /
mordí paños traspasados por abdomen /
y el triángulo olisqueaba con las puntas /
a todo el que zafaba de su cuadra /
a todo el que bajaba el vidrio y respiraba /
BOQUIÉ en su centro y su maraña /
destazado/
borrado por el polvo del polvo de sus lados /
caí en su flema hipotenusa /
TOSÍ

y rodé casualmente hacia el rectángulo.*



*”Todos están mortal / la imagen del loco atorado / no nos viene / están todos mejor que nunca / todos siguen allí / porque la idea del gitano no les gusta / todos siguen en la misma / Es decir para qué estar para qué dárselas / Es decir / no me cuesta nada sacarte una lonja húmeda por Buzón Preguntón / Es decir no me cuesta nada enterrarte el tenedor / Es decir nos tenís achacado / Es decir nos balean tus preguntas / Es decir / encuentra una granada en Chena / Es decir / explota / E/s /d/e/c/i/r/ pega los ojos para siempre”. (Chain)







en Poesía, Poesía: 3 poètes chiliens, 2002







domingo, agosto 21, 2016

"Mi cuervo", de Raymond Carver

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio





Un cuervo voló hasta el árbol frente a mi ventana.
No fue el cuervo de Ted Hughes, ni el cuervo de Galway.
O el de Frost, o el de Pasternak, ni el cuervo de Lorca.
O uno de los cuervos de Homero atestados de sangre derramada
después del combate. Este era sólo un cuervo.
Que nunca encajó en parte alguna de su vida,
ni hizo nada digno de mención.
Se posó durante algunos minutos en la rama.
Luego continuó y hermosamente voló
fuera de mi vida






en Where water comes together with other water, 1985











sábado, agosto 20, 2016

“Acompañando a Li Wan An”, de Shih Jun Chang






Fin de año, tú partes en una ligera barca.
Terminadas las canciones, vacías las copas,
nos deshacemos en lágrimas.
Las mismas olas no son insensibles
y te acompañan sollozando.

 

en Poetas chinos, 1966