viernes, agosto 18, 2017

"Quitar del cuerpo las costras del silencio", de Francesca Cricelli

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio





No se puede contemplar sin pasión.
Borges


Quitar del cuerpo las costras del silencio
todo lo que está vivo y expuesto gira
y grita, por la avenida
el dolor se une al rumor.

Para llegar a la clarividencia
se busca un ritmo, cualquiera,
que descomponga las arterias –

la vida entra en la avenida
en el pecho sólo la vorágine de lo eterno,
la fracción de la sacudida sísmica
dibuja cataclismos en la mano.






en Legado de generaciones, 2017




















jueves, agosto 17, 2017

“Jamás...”, de Manuel Magallanes Moure




 
Ante nosotros las olas
corren, corren sin cesar,
como si algo persiguieran
sin alcanzarlo jamás.

Dice la esposa: ¿no es cierto
que nunca habrás de tornar
junto a esa mujer lejana?
Y yo le digo: ¡jamás!

Ella pregunta: ¿no es cierto
que ya nunca volverás
a celebrar su hermosura?
Y yo contesto: ¡jamás!

Ella interroga: ¿no es cierto
que nunca habrás de soñar
con sus fatales caricias?
Y yo respondo: ¡jamás!

Las olas mientras hablamos
corren, corren sin cesar,
como si algo persiguieran
sin alcanzarlo jamás.

Dice la esposa: ¿no es cierto
que nunca me has de olvidar
para pensar sólo en ella?
Y yo le digo: ¡jamás!

Ella pregunta: ¿no es cierto
que ya nunca la amarás
como la amaste hasta ahora?
Y yo contesto: ¡jamás!

Ella interroga: ¿no es cierto
que su imagen borrarás
de tu mente y de tu almas?
Y yo murmuro: jamás...

Los dos callamos. Las olas
corren, corren sin cesar,
como si algo persiguieran
sin alcanzarlo jamás.



en Sus mejores poemas (Antología), 1928








miércoles, agosto 16, 2017

"El toldo rojo de Bolonia", de John Berger

Fragmentos




La tradición de los soportales comenzó a principios de la Edad Media. Cada mansión tenía delante, por el lado de la calzada, un trozo de tierra. A algunos propietarios se les ocurrió cubrirlo y construir encima. Así tenían más espacio para alojar a visitantes inesperados, acomodar a más sirvientes o alquilar cuartos a estudiantes con pocos recursos. Al mismo tiempo, la gente prefería caminar de pórtico en pórtico, resguardada del sol o de la lluvia, y dejar la calle propiamente dicha para los carros, los caballos y otros animales. Con el paso del tiempo, la ciudad convenció a los ricos propietarios de estas casas de que se tomaran en serio lo que le ofrecían a la calle y les impuso cierta estandarización. Así, los pórticos primitivos se convirtieron en largos soportales.


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Para los habitantes de la ciudad, los soportales constituyen una especie de agenda personal de piedra, ladrillo y adoquines. Uno puede ir a ver a sus acreedores, a su amor secreto, a su acérrimo enemigo, a su madre, al dentista, o a su amigo más antiguo; puede ir a su tienda de café favorita, a la oficina de empleo local, o a ese banco en el que se suele sentar profundamente solo, donde, tal vez, se recoloca la tirita que se ha puesto en el dedo para cubrir una verruga abierta, y adondequiera que vaya irá siempre a cubierto. ¿Y en qué cambia eso nuestra vida? En nada. Pero bajo los soportales, el eco de la vida suena de otra forma. Y al caer la tarde, el Placer y la Desolación pasean de la mano por ellos.


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Todas las ventanas tienen toldos y todos son del mismo color. Rojo. Muchos están descoloridos, unos cuantos parecen recién puestos, pero todos son versiones viejas y nuevas del mismo color. Todos encajan perfectamente en el marco de la ventana, y su ángulo se puede ajustar según la cantidad de luz que se desea que entre. En italiano se llaman tende. Su rojo no es el de la arcilla, ni el de la terracota; es un rojo de tinte. Detrás de los toldos se ocultan cuerpos y los secretos de esos cuerpos, que de ese lado dejan de ser secretos.


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Me gustaría comprar una pieza de esta tela roja. No sé lo que voy a hacer con ella. Puede que sólo la necesite para hacer este retrato. En cualquier caso, podré tocarla, arrugarla, alisarla, ponerla al sol, colgarla, doblarla, soñar con lo que hay al otro lado.


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Pregunto dónde puedo comprarla.


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—Inténtelo en Pasquini, al lado de la fuente de Neptuno, me dice una señora.


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De camino hacia allí, en la que esquina de lo que hace mucho tiempo fue un mercado de cerámica, paso por delante de una pared larga y bastante alta en la que están expuestas detrás de unos cristales varios miles de fotografías en blanco y negro. Retratos de hombres y de algunas mujeres con sus nombres y las fechas de nacimiento y muerte cruzados en sus torsos, más o menos donde se les podría oír el corazón, si uno tuviera un fonendoscopio. Están en orden alfabético. Mitad del siglo XX. ¿Cuántos previeron que sus retratos serían colocados junto a los de otros miles de mártires en una pared pública del centro de la ciudad? Más de los que suponemos. En orden alfabético sabían lo que se jugaban: en esta región de Italia perdería la vida uno de cada cuatro partisanos antifascistas.






2007







Traducción de Pilar Vázquez














martes, agosto 15, 2017

“Tobías y el ángel”, de Luis Oyarzún




 
Un ángel que no es un mensajero.
Un ángel duro que cruzó las puertas.
Ángel de mármol cuya voz ordena.
Y cuyos ojos ya todo lo vieron.
El cuerpo herido en él halla consuelo.
Aunque de sed el seguidor se muera.
La voluntad del ángel no se arredra
porque una selva brota de su aliento.
¿Cuál es el ángel, cuál es el perverso?
¿Cuál es el débil, cuál el que pelea?
¿O son iguales en la sombra húmeda
del país que atraviesan los paralelos?
Es posible que el ángel, el guerrero,
rompa sus alas sobre el que desea.
¿Quiere Tobías consumar su prueba
sin que las alas lo derriben, ciego?
Los ojos tiemblan, únense los dedos.
Búscanse los alientos y se niegan.
Mas si las alas trémulas se acercan
los dos se juntan en quemante vuelo.



en Las mejores poesías chilenas (Antología, Alone), 1966








lunes, agosto 14, 2017

"Náufragos somos del amor", de Thomas Harris









En esos años que ya sólo regresan
en los sueños como un naufragio
eras más bella que toda la belleza del Mundo,
y ahora tu belleza es un naufragio,
más bello que todos los naufragios
de la historia de los naufragios,
y me ahogo en la Balsa de la Medusa
y en el Titanic, en la Lord Byron, y
me entra agua por el recuerdo de tu belleza
por los ojos por las orejas por la bahía
de mi mente,
cómo fuiste tan bella y cómo ahora eres sólo los restos
de un geleón de invierno,
de una chalupa desflorada,
de un bote tras el maremito de Talcahuano,
flaca ya sin nombre,
como la vida nos hizo esto,
ya que si me vieras ahora
me verías como un marinero en carena
con una barba deshojada
con tres dientes menos
y una pata de palo
y un loro putrefacto en mi hombro adolorido de los huesos
y con un cofre de monedas sin valor
añorando mis años de pirata
cuando te rapté de tu galeón
para llevarte al fondo del mar de la memoria
que ya ni siquiera puedo recordar
en qué bahía perdida de los tiempos
se pudre, como todo naufragio,
como todas las pasiones pretéritas.
























domingo, agosto 13, 2017

“Cosas que hacen palpitar más presto el corazón”, de Sei Shōnagon






Gorriones que alimentan a sus crías. Pasar por un sitio donde hay niños jugando. Dormir en un aposento donde ha ardido un fino incienso. Comprobar que el elegante espejo chino de una se ha tornado un tanto borroso. Ver a un apuesto caballero que detiene su carruaje ante la puerta de una e ins­truye a sus servidores que anuncien su arribo. Lavarse el cabello, asearse y acicalarse y vestir ropajes perfumados; in­cluso si nadie ha de ver a una, estos preparativos producen un placer interior.
Es de noche y se ha estado a la espera de un visitante. De pronto una se sobresalta por el ruido de gotas de lluvia, que el viento arroja contra las persianas.



en El libro de la almohada, año 1000 (aproximadamente)

Dibujo de Kikuchi Yosai








sábado, agosto 12, 2017

"Panqueque", de Shu Hsi

© Versión de Juan Carlos Villavicencio






Ha llegado el invierno; es feroz el frío aquí;
nos encontramos en el nítido aire de la mañana que recién se asoma.
El agua en las narices se congela,
mientras la escarcha va colgando del mentón.
Para los estómagos vacíos, para el castañeteo de los dientes
y las rodillas tiritando,
¿qué mejor que un panqueque?
Suave como una colina en primavera
y más blanco que la lana del otoño.
Denso y ligero el vapor
asciende, crece y se despliega.
La fragancia vuela por el aire,
se dispersa por todas partes,
se desliza a lo largo del viento y moja
la codiciosa boca del transeúnte.
Mozos y sirvientes
echan miradas de reojo, saborean el aire vacío.
Lamen sus labios que sólo sirven,
mientras que hileras de lacayos envidiosos junto a la pared
se mantienen tolerando esto, carentes de toda expresión.











viernes, agosto 11, 2017

“Musa”, de Roberto Bolaño




 
Era más hermosa que el sol
y yo aún no tenía 16 años.
24 han pasado
y sigue a mi lado.

A veces la veo caminar
sobre las montañas: es el ángel guardián
de nuestras plegarias.
Es el sueño que regresa

con la promesa y el silbido.
El silbido que nos llama
y que nos pierde.
En sus ojos veo los rostros

de todos mis amores perdidos.
Ah, musa, protégeme,
le digo, en los días terribles
de la aventura incesante.

Nunca te separes de mí.
Cuida mis pasos y los pasos
de mi hijo Lautaro.
Déjame sentir la punta de tus dedos

otra vez sobre mi espalda,
empujándome, cuando todo esté oscuro,
cuando todo esté perdido.
Déjame oír nuevamente el silbido.

Soy tu fiel amante
aunque a veces el sueño
me separe de ti.
También tú eres la reina de los sueños.

Mi amistad la tienes cada día
y algún día
tu amistad me recogerá
del erial del olvido.

Pues aunque tú vengas
cuando yo vaya
en el fondo somos amigos
inseparables.

Musa, a donde quiera
que yo vaya
tú vas.
Te vi en los hospitales

y en la fila
de los presos políticos.
Te vi en los ojos terribles
de Edna Lieberman

y en los callejones
de los pistoleros.
¡Y siempre me protegiste!
En la derrota y en la rayadura.

En las relaciones enfermizas
y en la crueldad,
siempre estuviste conmigo.
Y aunque pasen los años

y el Roberto Bolaño de la Alameda
y la Librería de Cristal
se transforme,
se paralice,

se haga más tonto y más viejo
tú permanecerás igual de hermosa.
Más que el sol
y que las estrellas.

Musa, a donde quiera
que tú vayas
yo voy.
Sigo tu estela radiante

a través de la larga noche.
Sin importarme los años
o la enfermedad.
Sin importarme el dolor

o el esfuerzo que he de hacer
para seguirte.
Porque contigo puedo atravesar
los grandes espacios desolados

y siempre encontraré la puerta
que me devuelva
a la Quimera,
porque tú estás conmigo.

Musa,
más hermosa que el sol
y más hermosa
que las estrellas.



en Los perros románticos, 1993








jueves, agosto 10, 2017

"La distancia entre una línea de combate...", de René Silva Catalán







Si yo muero, pensad solo esto de mí
Que allí donde me entierren habrá un rincón de tierra
Extraña, que será para siempre de Inglaterra
Rupert Brooke


La distancia entre una línea de combate

y la siguiente imagen estallando en tinta roja
serán cientos de esquirlas atravesando el insomnio

las pesadillas anunciarán por altavoz
mirad lo que os sucederá si os no vencéis

vimos entonces cómo sacaban las palabras
entre la comisura de la lengua muerta
i mal escritas las fusilaban






en Pie de Trinchera (inédito)











miércoles, agosto 09, 2017

“Viaje a las estrellas”, de Elvira Hernández




 
Dificulto que lleguemos a tu planeta Giordano Bruno
las cosas se mueven lentas.
Difícil es que estos cacharros taponados de seres
los que trabajan como animales y los que trabajan como máquinas
venzan el tiempo.

No obstante la velocidad es tal
no sé si de la luz o de fibra óptica
que nada se ve y nada se sabe.
No puedo decir a esta hora: conclusión
apenas confusión
y esta palabra también me sobra.



en Los trabajos y los días, 2016

Fotografía: Carlos Mundaca








martes, agosto 08, 2017

"El poeta", de Rainer Maria Rilke

© Traducción de Juan Carlos Villavicencio






De mí te alejas, hora.
Me provocas heridas al agitar tus alas.
Solo, ¿qué debo hacer con mi boca?
¿Con mi noche? ¿Con mi día?

No tengo ni amada, ni casa,
ni lugar donde vivir.
Todas las cosas a las que me entrego
se enriquecen y me disipan.



Meudon, Invierno 1905-1906








lunes, agosto 07, 2017

“Fantasía”, de Elizabeth Jennings




 
Me yergo,
árbol sin hojas,
pájaro sin alas y sin vuelo,
yo, mendigo que gime y llora
-no por monedas-
sino por una mano para suplicar.
Porque todas mis hojas han caído,
mis plumas han volado,
mis manos arrancadas.
Pájaro, árbol y mendigo no han llegado
a nada por culpa del amor.



en New collected poems, 2001








domingo, agosto 06, 2017

"Estoy cansado", de Luis Cernuda






Estar cansado tiene plumas,
Tiene plumas graciosas como un loro,
Plumas que desde luego nunca vuelan,
Mas balbucean igual que loro.

Estoy cansado de las casas,
Prontamente en ruinas sin un gesto;
Estoy cansado de las cosas,
Con un latir de seda vueltas luego de espaldas.

Estoy cansado de estar vivo,
Aunque más cansado sería el estar muerto;
Estoy cansado del estar cansado
Entre plumas ligeras sagazmente,
Plumas del loro aquel tan familiar o triste,
El loro aquel del siempre estar cansado.




en Un río, un amor, 1929








sábado, agosto 05, 2017

“Sueño de noche”, de Mei Yao Ch’en




 
En pleno día sueño que estoy con ella.
Por la noche sueño que sigue a mi lado.
Lleva su canasto de hilos de colores.
Veo su imagen inclinada sobre las sedas.
Me cose y remienda la ropa.
Le preocupa que parezca raída y andrajosa.
Aun muerta, vela por mi vida.
Su recuerdo constante
Me arrastra hacia la muerte.



en Cien poemas chinos (Antología), 2001









viernes, agosto 04, 2017

“El funeral de la poesía”, de Karl Shapiro




 
La contraseña del siglo veinte: el culto a las Comunicaciones (como si nosotros las hubiésemos tenido que inventar). Animales y caníbales tienen formas de relacionarse; pájaros, abejas e incluso unas pocas criaturas humanas llamadas artistas (generalmente preservadas para destruir la sensatez). Pero el grueso de la humanidad tuvo que inventar sistemas de Comunicaciones. Los romanos tuvieron las mejores rutas del mundo, pero no tenían nada que comunicar entre ellos. Los americanos han conquistado los espacios y usos horarios mundiales; pueden charlar con los cuatro rincones de la tierra a la hora del desayuno. El sistema solar completo está en manos de caricaturistas.

Estoy sentado en mi cocina de Nebraska y miro a una mujer cuyo cuerpo amortajado yace en un supermercado de Karachi. La viruela la arrebató. Hace frío y siento que ellos necesitan amor. Pero ahora todo es la sexualidad mística de las Comunicaciones. Una muchacha abraza contra su barriga un altavoz y se derrama como salsa en cada abertura. El dinero era amor; el poder era amor; pero ahora el amor son las Comunicaciones. Esta es la primavera del ascenso de Hitler. Pronto vendrán tiempos de atropellos y humillaciones.

Un hombre aparece en la esquina de mi calle; preparo mi hospitalidad. Hombre o ángel, que sea bienvenido. Pero aun así estoy temeroso y refuerzo la cerradura de la puerta. Con ocasión de la muerte de tal o cual partido político, entregué un epitafio a través del correo de la Western Union. Tampoco fui al funeral de la poesía. Permanecí en mi casa y lo seguí por televisión.



en Covers: 36 poetas en lengua inglesa (Antología),  2010